Publicado en El Nacional, Papel Literario, 21 de enero de 2012

LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

La vida y la risa se emparejan con gozo. Vivir siervo de, y, sirviendo a, la risa haría menos paradójico el concepto de servidumbre voluntaria, forjado de palabras cuya junta disonante designa un hecho político contra natura. Vivir Riendo de Claudio Nazoa y Laureano Márquez es el título del CD obsequio de El Nacional en su ejemplar aniversario número 68. Lo escuché tarde por la noche en mi cocina. Acabé emocionada, con los ojos aguados. No de risa. Al final, Laureano Márquez contaba la anécdota de un escritor y humorista español del bando de los nacionales fusilado por los republicanos durante la Guerra Civil. «Hay algo que os quiero decir», dijo éste frente al paredón. «Me podéis quitar todo, el abrigo, la familia, la posibilidad de escribir, hasta la vida… mas hay una sola cosa que no me podéis quitar». Aquellos que lo iban a matar, lo miraron perplejos con la prepotencia que da el sentirse armado. «No me podéis quitar la cagazón que tengo en este momento, tan grande, tan mía, la llevo en las entrañas…», les replicó jocoso el prisionero. Si bien mataron al hombre, dice Márquez, no lo derrotaron. Se puede sembrar miedo, fusilar el cuerpo, pero no se aminora un espíritu decidido a vivir en libertad. Al reírse de sí mismo, el hombre frente al paredón perdió el miedo; y al reírse de su adversario, perdió el odio, concluye.

La exaltación a la libertad del hombre no conoce de limitaciones de registro, de tiempo ni de espacio. Étienne de La Boétie (1530-1563) escribió alrededor del año 1550 su Discurso de la Servidumbre Voluntaria[1].

Tras la prematura muerte del autor, gracias a su amistad con Michel de Montaigne, este discurso circuló en el universo intelectual del protestantismo francés del último tercio del siglo xvi. Fue  leído y utilizado como un panfleto contra la tiranía y la represión religiosa. El texto analiza la relación del pueblo con el poder, revisa la historia antigua, las tiranías griegas como las dictaduras romanas, crítica toda forma de gobierno absoluto y opresivo, injusto, arbitrario y cruel. Aunque desconozca de las circunstancias históricas del momento de su creación, de la represión que golpeaba a Burdeos, el saqueo de los campos por las fuerzas de Enrique II, la ruina de los campesinos, las ejecuciones en la ciudad, la clausura del Parlamento, la destitución de los magistrados; el Discurso fuerza el muro del tiempo. Me asombra constatar como, después de cuatro siglos, la vigencia de sus palabras —ante el hecho político del poder absoluto— no han perdido vigencia.

«¿Qué vicio monstruoso es este que ni siquiera merece el título de cobardía?» se pregunta La Boétie al referirse a la extraña voluntad, el deseo de servidumbre, de algunos dispuestos a morir por el tirano. […] ¿qué desgracia ha sido esta que ha podido desnaturalizar tanto al hombre, el único verdaderamente nacido para vivir libremente y hacerle perder el recuerdo de su primer ser y el deseo de recuperarlo? […] que tantos hombres, tantos burgos, tantas ciudades, tantas naciones, aguanten alguna vez a un tirano solo, el cual sólo tiene el poder que aquéllos le dan.»  La noción de servidumbre voluntaria surge como la absurda tensión que opone la natural libertad del hombre y su interiorizada voluntad de someterse a un amo, un tirano, un Uno.

Nos dice: «[…] no hay necesidad de  combatir a este solo tirano, no hay necesidad de derrotarlo; es derrotado por sí solo con tal de que el país no consienta a su servidumbre; no hay que quitarle nada, sino nada darle; no hay necesidad de que el país se moleste en hacer nada por sí, con tal de que nada haga contra sí mismo. Son los pueblos mismos los que se dejan, o más bien se hacen devorar, pues dejando de servir se librarían de él. Es el pueblo el que se subyuga, el que se degüella, el que pudiendo elegir entre ser siervo o ser libre, abandona su independencia y se unce al yugo; el que consiente su mal o, más bien, lo busca con denuedo […]. Pareciera según el Discurso que de la servidumbre a la libertad no hay ninguna transición, nada de esfuerzos, ni de acción, sino la simple inversión del deseo. Si bien por los avatares de la Nueva Era corren vientos de exaltación al paradigma del poder del puro pensamiento y del deseo; yo prefiero —como me dijo un amigo bebiendo una copa de vino— la «acción inspirada». La Boétie no habla del alma,  sino de la ciudad; no habla de la libertad interior, sino de la libertad política. «De todas las cosas que codician los hombres, «sabios o indiscretos», «valientes o cobardes», una sola hace la excepción y no sé cómo la naturaleza abandona a los hombres para desearla: es la libertad […]”. La nuestra —la de todos los venezolanos— ante las próximas elecciones es la de actuar mediante la elección. Elegir. Votar. Sin olvidar que ejercer libertad implica asumir la responsabilidad que ella conlleva.

Continua La Boétie: «[…] de la misma manera los tiranos, cuanto más pillan, más exigen, cuanto más arruinan y destruyen, más se les da, más se les sirve, tanto más se fortifican y se hacen siempre más fuertes y más vigorosos para aniquilar y destruirlo todo. Pero si nada se les da, si no se les obedece, sin combatir, sin golpear, se quedan desnudos y son derrotados, y ya no son nada, como las ramas que se secan y mueren cuando la raíz se queda sin humores o alimento. […] La pertinencia de estos cuestionamientos políticos reverberan con fuerte eco en nuestra contemporaneidad. «Resolveos a no servir más, y seréis libres», la voz del siglo xvi parece haber resonado vigorosa en los jóvenes árabes. «No quiero que os lancéis sobre él, ni que le derroquéis, sino, solamente, que no le apoyéis más, y le veréis entonces como un gran coloso al que se le ha retirado la base y se rompe hundiéndose por su propio peso.»

 […] Así como los médicos dicen que cuando hay en nuestro cuerpo algo dañado, desde el momento en que otra cosa se altera en otra parte, viene como a situarse en aquella parte infectada…de la misma manera, desde el momento en que un rey se proclama tirano, todo malvado, toda la hez del reino, no digo un montón de ladrones y desorejados que apenas pueden hacer mal ni bien en una república, sino aquellos que están poseídos por una ardiente ambición y una avaricia notable, se amontonan a su alrededor y le apoyan para tener su parte en el botín y ser ellos mismos tiranuelos al amparo del tirano […] ¿La hez? No son un «montón de ladrones y desorejados», no la gente más humilde de los bajos fondos, sino aquellos que desean propiedad y autoridad, los instalados en la cima de la sociedad. Es esa cadena de «tiranuelos» la que mejor permite penetrar en las profundidades de la servidumbre, pues ellos sólo viven en la alienación. La autoridad y propiedad que creen poseer o ambicionan les oculta que han perdido la libre disposición de su pensamiento, su capacidad de discrepar. […] No obstante, al ver a estas gentes que sirven al tirano para beneficiarse de su tiranía y de la servidumbre del pueblo, me quedo estupefacto por su maldad, y a veces siento piedad por su estupidez. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es acercarse al tirano, sino alejarse de la libertad propia y, por así decir, aferrar la servidumbre, y abrazarla? […] Pero el tirano ve a los que están cerca de él, engatusándole y mendigando su favor, y no sólo es necesario que hagan lo que él dice, sino que deben pensar lo que quiere, y a menudo, para satisfacerle, deben incluso adivinar sus pensamientos. […] Es necesario que tengan cuidado con lo que dicen, con su voz, con sus gestos, con sus miradas; que no tengan ojos, pies ni manos si no es para espiar su voluntad y para descubrir su pensamiento. ¿Es esto vivir felizmente? ¿Esto se llama vivir? […] ¿Qué condición es más miserable que la de vivir así, sin tener nada que sea propio, debiendo a otro el gusto, la libertad, el cuerpo y la vida? Mas quieren servir para poseer bienes, como si pudieran obtener algo que fuera suyo. Y ni siquiera pueden decir que se posean a sí mismos.

La Boétie en la parte final del Discurso, después de describir las desgracias de los príncipes de Roma, aborda el tema de la amistad. «La amistad es un nombre sagrado, es cosa santa», dice. Reconoce dos formas de sociedad: una, en la que la relación de los hombres es el «complot», y otra, en la que es la «compañía»; una, en la que los hombres “se temen los unos a los otros”, y otra, en la  que «se aman»; una, en la que son amigos, y la otra, en la que son «cómplices». «He aquí por qué hay entre los ladrones, como se dice, alguna fidelidad en el reparto del botín: porque son pares y compañeros. Y si no se aman entre sí, al menos se temen los unos a los otros, y no quieren, desuniéndose, debilitar su fuerza. […] ¿Qué castigo, qué martirio es éste, Dios verdadero? Estar día y noche detrás de uno para pensar en agradarle, y sin embargo temerle más que a nadie en el mundo; tener el ojo siempre alerta, el oído aguzado para atisbar de dónde vendrá el golpe, para descubrir emboscadas, para escudriñar el gesto de los compañeros, para darse cuenta de quién le traiciona; sonreír a todos y sin embargo temer a todos; no tener ningún enemigo abierto, ningún amigo seguro, tener siempre el rostro risueño y el corazón transido, no poder estar alegre ni atreverse a estar triste.»

Quien comenzó a leer estas líneas no pensó que el tono se pondría tan grave. Más allá de mi consabida inhabilidad para contar chistes (pregúntenle a mi Maestro de risa, me aplazó la materia), y mi escasa experiencia en el pensamiento político, no es necesario recalcar que el asunto que nos atañe este próximo 2012 es serio. Trascendente. Las próximas elecciones lo son. Si la convocatoria —derrochando humor— a dejar el miedo de Claudio Nazoa y Laureano Márquez, me emocionó; el vehemente llamado a la libertad de La Boétie, lo propicio —no anticuado— de sus palabras, me motivó a escribir o más bien a transcribir algunos pasajes de su Discurso. Los invito a leerlo en su totalidad. El autor ligó la libertad con el conocimiento y con el reconocimiento mutuo (l’entre-connaissance), con la memoria de los predecesores y el estudio de los libros, pero también con la justa valoración del presente y del futuro.

Tanto el miedo como la libertad son inherentes a la naturaleza y la condición humana. De caer en servidumbre, que sea ante la risa. No abdiquemos la voluntad, ni evadamos la responsabilidad, de elegir sin miedo: la libertad.

Helena Arellano Mayz

Caracas, 22 de enero del 2012

[1] Traducción de Pedro Lomba, Editorial Trotta, 2008