Publicado en El Nacional Papel Literario, 16 de junio 2018

NIVEL m. Instrumento para averiguar la diferencia o igualdad de altura entre dos puntos. | de vida. Grado de bienestar, principalmente material, alcanzado por la generalidad de los habitantes de un país, los componente de una clase social, los individuos que ejercen una misma profesión, etc.

 

Esta mañana vi pasar a un albañil con un nivel. Recordé la conversación, o mejor dicho, la discusión, que tuve con un amigo. Con los amigos también se discute. Hay cabida para la discrepancia en el espacio compartido.  Todo comenzó cuando le dije al teléfono que había pasado la mitad del día intentando avanzar en un escrito. El timbre de mi voz denotaba frustración dado lo poco alcanzado, apenas cuartilla y media. «¿Fuiste al gimnasio?», preguntó. «No fui, me quedé tratando de escribir», contesté. «Escribiendo qué, lo mismo, al mismo», espetó con voz punzante. «¿Por qué no fuiste al gimnasio?, eso es lo que hacen las mujeres de tu nivel», recalcó crítico ante la falta de disciplina para con mi cuerpo. Se refería al «grado de bienestar, principalmente material, de los componentes de mi clase social». Sus palabras no pudieron sino resultar ofensivas, pues —ante su mirada— mi nivel no está a la altura para pretender perseverar en la escritura, sólo para ser disciplinada con mi cuerpo e intentar lucir :  bella.

Dice la Biblia en el Génesis: Dios dijo a la mujer: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti. «Tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti» ¿No será esta la frase original, el fundamento de toda cruel coquetería? Estas palabras vienen después de la caída, del desprendimiento del estado de comunión con Dios y todas sus criaturas.  El deseo de la mujer para con el hombre, y viceversa, es una consecuencia de la pérdida del estado de comunión y de contemplación con Dios. Esta pérdida del vínculo o relación original constituirá el vacío, la angustia asociada, o en términos más coloquiales, el miedo a no ser amado del Otro y por el otro. A fin de reencontrar esta seguridad de ser amados, esta confirmación afectiva, estamos prestos a todos los sacrificios. «Sufrir para ser bellos» no es un problema, estamos listos a todo para ser amados… El «tu marido será tu deseo» se convertirá en el gran deseo de ser deseada, origen de todas las formas de seducción desde las más inocentes a las más perversas, fuente de todas las más naturales y más crueles coqueterías…. «y él tendrá dominio sobre ti» puede leerse como el sometimiento al deseo de ser deseada, tanto como el ser «enseñoreada» por el marido antes que sentir la falta, la sensación de vacío. Así como la mujer no tiene la exclusividad del deseo tampoco el hombre tiene el de la dominación. Y, el vacío de «ser parte de» lo sienten ambos por igual.

 

Adornar y embellecer el cuerpo pareciera tan antiguo como la aparición del hombre en la tierra. Los adornos responden a una tendencia en pueblos y sociedades. Los humanos se pintan con pigmentos de color, se suspenden ornamentos en el cuerpo, donde sea visible y realizable sin demasiado dolor o molestia anatómica: lóbulos de oreja, narices, labios… Según el lugar, las épocas, las técnicas, el adorno reviste formas diferentes; mas sin embargo, revelan la propensión del hombres a modificar su apariencia, su inclinación por una «deformación sublime» (Baudelaire) que nos muestra la transformación de la cultura sobre la naturaleza.  A partir de un cuerpo dado biológicamente, el hombre se moldea a si mismo en «otro» cuerpo.  Quien quita que este segundo cuerpo sea menos funcional que el primero, como son testimonio los tobillos atados, las cinturas estranguladas, los pies mutilados… El dolor y la constricción son el corolario de esta transformación. Acaso ello no recuerda el adagio: «hay que sufrir para ser bello». Este nuevo cuerpo «desnaturalizado», sociable, ha de ser merecido, trabajado. Paralelamente a su vocación estética, los adornos corporales llenan funciones sociales. Su variedad refleja diversidades culturales. Muchas prácticas nacen de la necesidad y deseo de diferenciarse de otros grupos. Señalan pertenencia, tienen una función informativa acerca del género, el rango social, etc. Las marcas corporales manifiestan la sumisión de los individuos al orden social y a normas culturales;  aún más si las acciones de marcaje son dolorosas y constrictivas. Esta in-corporación a las normas opera y expresa la integración al grupo. No respectar los modelos prescritos, apartarse de los cánones establecidos, constituye una transgresión, una desviación, que puede generar por parte de los demás, formas de rechazo, y hasta la exclusión de la sociedad. Los adornos al igual que las costumbres sociales del uso del cuerpo representan en algunos casos juegos de poder: social o político. El peso de la cultura y la presión social explican porque las madres, en ciertas sociedades, no dudan en mutilar a sus hijas para «conformarlas» a los cánones. Esta imposición de adaptabilidad es dictada por la preocupación de la madre en ofrecerle a sus hija el único futuro conveniente: un buen matrimonio. Si ello exige tener «pies pequeños», la cintura estrangulada o practicar una ablación, no parece haber escapatoria a la presión social inscrita en una relación de desigualdad masculina/femenina, dominación de un lado, dependencia del otro.  El estatus de la mujer y la dinámica del «mercado» matrimonial explican la importancia dada todo el tiempo a la apariencia y a las «estrategias de valoración» de los atributos femeninos dentro de la «empresa» de la seducción.[i]

¿Acaso estas ideas son sólo aplicables de manera antropológica? al estudio de pueblos indígenas con sus hermosos adornos de plumas o a tribus africanas con sus muy elaborados collares o a las mujeres paduang en Birmania con sus cuellos de jirafa constreñidos con aros de metal o, como antiguamente, a los apretados corsets para estrangular las cinturas o los «pequeños pies» vendados de las chinas? Tanto hombres como mujeres, pero especialmente las mujeres, han consentido y aceptado prácticas crueles, soportando dolores para mostrarse deseables a los otros de su grupo. ¿Serán solamente sacrificios por belleza y vanidad en culturas «primitivas y paganas»?

En nuestro mundo «civilizado» de hoy, el adorno y el vestido, si bien está inspirado en normas estéticas muy diferentes, puede ser exigente y mostrarse también cruel. ¿No están las ciudades llenas de gimnasios porque se debe lucir joven, delgado y sexy? Cualquier cosa con tal de evadir la gravedad, el paso del tiempo, el envejecer. La ley de mercado se aplica a los pasados de peso porque les es difícil vestirse como los demás, estar a la moda. En las farmacias se multiplican los productos de adelgazamiento, los complementos proteicos, las cremas para las arrugas… abundan las dietas, los desórdenes alimenticios como la anorexia, la bulimia o la obesidad… las bellas Barbie ideales y los Ken con «tableta de chocolate»… los labios inflados, el botox, los implantes de gluteos, la keratina para el cabello y los senos reconstruidos como regalo de quince años, sin olvidar, los créditos bancarios —a tasas exorbitantes— para operaciones de cirugía plástica a fin de democratizar ¿la belleza? o ¿nuestra cultura tropical de «culito y cervecita» con «uña y pelo»?

El hábito en sus dos acepciones, el de costumbre y vestimenta, pretende señalar a que grupo se pertenece para así satisfacer la necesidad de mostrarse —ante los de uno— bajo la mejor luz. Ser deseados, aceptados, hasta amados. Pero, ¿quién define los criterios? ¿Se trata solamente de responder a las normas impuestas por la sociedad, para así pertenecer? … a mi nivel, me pregunto. ¿No es acaso una ilusión el esfuerzo de «devenir» bello a fuerza de privaciones, de intervenciones, para permanecer joven y flaco para satisfacer una imagen ideal de sí impuesta por la sociedad?

Quizá el «sentirse bello» no obedezca a criterios objetivos sino a la percepción subjetiva ligada a la historia de cada quien. Un florecimiento. Muchas veces, inclusive las mujeres más agraciadas por la naturaleza, hermosas, son aquellas que se inquietan por demostrar y —temen perder en el tiempo— su poder de seducción. No sería preferible oponer el «sufrir para ser bello», por el «embellecerse» valorando los atributos propios de cada uno. Cultivar la fragancia, el perfume.

Alguna vez le escribí a un hombre ante quien quería lucir «bonita»: «Cada flor florece como es. No todas florecen igual.» Yo, por mi parte, hago más ejercicio con los dedos —persevero en la escritura— que con el resto de mi cuerpo. Mis curvas lo denotan. ¿Por qué el discurso del cuerpo conforme a las normas de sociedad debe imposibilitar la expresión individual, creativa y original de cada quien?

El culto al cuerpo puede tomar vicios complejos, deformantes; hasta contorsionar el espíritu a fin de adaptarnos a la mirada complaciente del otro, para merecer aceptación, querencia. Lograr decir: Me parezco a lo que tú esperas de mí, ¿me deseas, me quieres, entonces?

La coquetería no debería ser cruel sino implicar la libertad de un placer compartido. Si bien existe un disfrute genuino en la mujer en ser coqueta, también lo hay en el hombre en mostrarse acompañado por una mujer cuidada. Ahora bien, si ella lo es demasiado, muy coqueta, esto puede inquietar al hombre; o, si ante los ojos del hombre la mujer no lo es suficiente, y éste le exige serlo, ella puede convertirse en un mero objeto.

De la alegría, del disfrute y placer en ciertos juegos eróticos, a la necesidad de un lado como del otro de servir o de someterse a una imagen «ideal» para asegurarnos el ser amados, se perfila un camino de libertad individual para que cada quien se sienta bien en su vida y en su piel. Sobre todo si ese camino nos conduce hacia el otro en el reconocimiento de la diferencia y la alteridad; frente a un otro frágil y ante nuestra propia fragilidad. Pues al final, seremos todos de polvo.

A quien fuera mi amigo le tuve un regalo: un nivel. Al ojo más acucioso, a veces, se le tuerce la mirada.

Helena Arellano Mayz
Caracas, 1 de junio del 2012
[i] Michel Biehn, Cruelle coquetterie ou les artifices de la contrainte, Éditions de La Martinière, Paris, 2006.