Publicado en El Nacional, Papel Literario, 22 de septiembre de 2013

CUANDO LA BELLEZA NOS SALVA

Mi maestro siempre ha querido que me vuele los sesos. De ser su intención literal, querría librarse de su mala estrella. Sin embargo, su finalidad —según proclama— pretende ser literaria: hacer mi prosa más atrevida y audaz. No he logrado mucho con mi única arma, la palabra. En estos tiempos, se me ha hecho difícil, cuesta arriba, sin abrazo inspirador. La realidad política, social, económica del país: oprime. Quizás por esto, he decidido —no como evasión novelera sino como verdad reconfortante— escribir sobre la Belleza. Sobre cómo, cuándo, por momentos, la Belleza nos salva. Nos ayuda, nos invita, a resistir. Quand la Beauté nous sauve[i], se titula el libro de Charles Pépin que he leído para ordenar mis ideas. Pensamientos inútiles, palabras innecesarias, si simplemente contemplamos El Ávila desde cualquier rincón del valle. La belleza está, es, no hace falta explicarla. Sin embargo, retomar la propuesta de este joven filósofo, espero me permita hilvanar el por qué experimentar la belleza tiene la capacidad de ofrecernos un destello de salida, de salvación.

Imaginemos a una mujer. Ella conduce su automóvil por la ciudad en un tráfico descomunal. Le duele la espalda, ese día más que los demás. No soporta su trabajo, aún menos a su jefe. Le pagan una miseria. Debería encontrar la fuerza para renunciar, para cambiar, lo sabe. Saberlo no es suficiente. Quizás le echa la culpa al hombre que regresará a casa, más o menos a la misma hora que ella, de no empujarla, de no darle fortaleza; mientras él le recrimina a ella, no hallarla en sí misma. Ella ya ni sabe que se recriminan el uno al otro. Los niños han crecido. Ya no los puede apretujar para llenar —con abrazos— su vacío, encontrar toda esa fortaleza que le falta. Se han convertido en dos adolescentes ariscos e insoportables. De pronto, a la mujer se le atraviesa un motorizado con un niñito atrás. De un frenazo, los evita justo a tiempo. En ese momento, como una lanza, siente un dolor más agudo en su espalda. Al suspirar, pasan tres motorizados más. Atrás le tocan corneta. Podría ponerse a llorar. No llora. La radio la aturde sin escucharla. El tráfico la agobia. No ha podido ir al automercado, y la última vez que fue no había papel toilette. En eso, levanta la mirada y observa un par de nubes deslizarse frente a la montaña. Van como rozándose en una suave danza; el verdor realzado por la luz de la tarde, les sirve de telón de fondo. Las contempla extasiada por un brevísimo instante. ¡Qué bello!, exclama en silencio. Durante el tiempo de esta emoción estética, no existe más nada. Todo su ser está presente en el mundo en ese preciso instante. ¿Qué es lo bello?, las nubes, la montaña o lo que éstas suscitan en ella. Este placer estético es un indicio, una promesa, de que no todo está perdido. Como si ese efímero instante de belleza le reavivara el fuego de su existencia. Como si la belleza la salvara de renunciar a ella misma, a la vida. La nubes son bellas, sin duda, se repite. Ella que suele dudar tanto. En ese instante, no duda. Sentir la belleza le otorga libertad, confianza de escucharse a sí misma. No le hace falta que ningún otro valide su juicio. Ella siente la belleza.

¿La Belleza? La belleza del cielo, de las nubes, de la montaña, de las hojas de los árboles, de las sombras sobre el asfalto, de un rayo de luz que se cuela en una tarde lluviosa, de las olas de un mar revuelto, de una melodía inesperada en la radio, del piar desprevenido de un pajarito, de un cuadro en un museo, de un hombre leyendo, de una mujer caminando por la calle, de gesto sutil de un niño, de una iglesia adornada con flores, de un objeto insignificante… La belleza, sí, todas las bellezas. Lo que nos interesa no es qué hace que algo sea considerado bello, sino lo que experimentar belleza hace en nosotros. La belleza ayuda, despierta, inquieta, apacigua, dinamiza. La belleza hace la vida más intensa, más abierta, más plena. Sana, o atisba una salida a un mal-estar o al sufrimiento, al sofoque de la realidad, a la constricción de la razón, a la ironía amarga o a la falta de estima propia. Quizás habría que decir: emoción estética más que belleza. Referirnos a ese extraño placer, no simplemente sensual ni verdaderamente intelectual, esa satisfacción gratuita, desinteresada, que nos apacigua al exclamar de pronto, sin buscarlo, casi por instinto: ¡Qué bello!

¿Por qué formas superficiales nos tocan, nos emocionan, profundamente? ¿Por qué nos fascina, nos atrae la belleza? ¿Por qué tenemos necesidad de ella? Necesitamos de la belleza para sentirnos en paz con nosotros mismos, según Emmanuel Kant. El pensador del «conflicto de facultades» descubre que hay un momento en que cesa el conflicto interno del hombre entre «el bien» (criterio moral), «lo bueno» (criterio sensual), «lo verdadero» (criterio racional). Es el instante en que experimentamos el «sentimiento de lo bello». Para él, el placer estético es un juego libre y armonioso de facultades humanas. La tesis de Kant plantea que en el placer estético nuestra comprensión y nuestra percepción «juegan» a reflejarse en un acuerdo mutuo frente a lo bello. La luz que baña las laderas de El Ávila deja de ser «la causa» de las formas acentuadas de la montaña. Contemplamos sin analizar la relación, sin pedir nada más que el placer de la contemplación. Ninguna facultad —percepción o comprensión— se impone sobre la otra. Para Kant, el placer estético se define como una armonía interna dentro del sujeto. De nuevo, el interés no es aquello que hace que algo se considere bello, sino, lo que experimentar un rapto de belleza le otorga al sujeto: una sensación de armonía. «Lo bello es siempre bizarro», escribió Baudelaire. No se trata de afirmar «esto o aquello me gusta». Se trata de un asombro, de un juicio interno, libre, desprovisto de «concepto», de «interés», de «finalidad». De condicionamientos culturales o sociales preexistentes que nos hagan declarar «tal o cual» gusto; «adherirnos» a una idea prefigurada de aquello que nos debería de gustar. Por el contrario, lo que necesitamos son instantes de «belleza pura»; arrancarle al reconocimiento social, a la representación, un poco de vivencia de uno mismo.

De inmediato objetamos: siempre habrá diferencias de gusto, nunca estaremos de acuerdo frente a la belleza. Evidentemente es así. Sin embargo, lo esencial es que experimentemos el «deseo del acuerdo». Que en el instante mismo de una emoción estética, de esa armonía interior, surja también una inclinación hacia los demás. Nos asombra una mata de mango cargada de fruto, morados, la contemplamos exaltados por su sencillez, por el color, la redondez de las formas, y en ese mismo instante aparece el deseo de compartir —con otro— nuestro descubrimiento. Por un lado, el placer estético nos invita a adentrarnos profundamente en nosotros mismos, y al mismo tiempo nos propulsa a salir de nosotros, invoca un deseo de compartir. ¡Qué bello! es una invitación. Invitamos al otro al corazón de nuestra sensibilidad. Toda emoción estética infiere la posibilidad de una comunidad humana. Numerosos pensadores, desde Aristóteles a San Agustín han narrado esta experiencia comunitaria compartida: la manera en que la belleza del mundo les parecía constituir un indicio de la existencia de Dios.

Necesitamos de la belleza para recordarnos que podemos también pensar con nuestro cuerpo. Combatir la dualidad: cuerpo/espíritu. Una emoción estética puede ser definida como una manera de «pensar con el cuerpo». Para Hegel, la belleza nos fascina porque ella es portadora de sentido. Simboliza un sentido. La necesitamos a fin de vivenciar ese sentido, para desarrollar la dimensión espiritual de nuestra sensibilidad, para ampliar el campo de nuestra relación con valores humanos. El pensador toma como ejemplo una esfinge egipcia, un cuerpo felino macizo del que emerge un rostro humano. La esfinge no es un objeto bello decorativo, contiene un sentido, simboliza una verdad cultural. Apreciarla es vivir un «contenido de sentido» en la pura contemplación de la forma superficial. Ser sensible a la belleza de la esfinge egipcia, de una estatua griega, de una pintura del renacimiento, es adherirnos a la idea de cultura aún sin estar conscientes, sin darnos cuenta. Un símbolo, para Hegel, incorpora en su materialidad sólo una parte del sentido al que nos remite, una parte nada más, la otra permanece más allá de la materia. He ahí la magia de la belleza, apreciamos todo aquello que no es visible, ese «más allá» de la materia. Es nuestra emoción la que hace el vínculo entre lo que se muestra —se ve o se escucha— y lo que no. Un símbolo es siempre la presencia de una ausencia.  «La forma es el fondo que emerge a la superficie», escribió Víctor Hugo. Cuando una forma bella nos fascina, nos paraliza o enmudece, de alguna manera adivinamos el fondo que brota hacia la superficie.

Durante ese instante de placer estético, este encuentro sensual con un sentido, no estamos conscientes de ello; sencillamente, una pieza musical, una obra, una voz, una forma nos deslumbra, nos inquieta, nos estremece. De forma inédita crea un acuerdo entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Lo que Kant, en el siglo XVIII, denominó «juego libre y armónico de las facultades humanas». Ese espacio de concordia sería más adelante llamado por Freud: inconsciente. No entraré a considerar la idea freudiana de la belleza como sublimación, reducirla a un concepto de libido trasmutado. Prefiero imaginar al ser humano semejante a la música polifónica, capaz de vivir múltiples voces en su interior. Voces harmonizables ante la belleza, en raros instantes, de deslumbramiento, de estremecimiento que, aunque efímeros, constituyen un atisbo, una promesa de recuperar el «paraíso perdido». Necesitamos de la belleza para sentir el aleteo de nuestra sensibilidad. Aunque no dure, significa una posibilidad de nueva vida interior. El arrebato de la belleza refuerza nuestra presencia «aquí y ahora», y a la vez nos sentimos atraídos por lo ausente, por eso otro, quizás un destello de eternidad.

Necesitamos la belleza para acoger el misterio. ¿Qué debemos comprender de la belleza de una flor? Nada. O todo aquello que podemos comprender no agotará jamás el misterio de su belleza.  Una flor crece con la fuerza de su destino, la manera en que el botón despliega sus pétalos simboliza el potencial de su energía vital. Siempre quedará el enigma de su belleza. Lo esencial de la belleza yace más allá de aquello que podemos explicar. Eso «otro» —presente y ausente— dista de lo que el pensamiento logra resolver. Apreciar, exponernos, multiplicar esos instantes de emoción estética, es aprender a aceptar el misterio de la belleza, su rapto, sin reducirlo, sin explicarlo, acogiéndolo. Acogerlo es más que contemplarlo: es participar en él.

No seguiré corriendo el riesgo de perderme de la belleza en mi afán por pensar en ella. Contemplaré las nubes acariciar la montaña. Volveré a encontrarme con mi maestro. Dicen que es feo. Yo lo veo bello. ¿Por qué? Es un misterio. No me volaré los sesos para dilucidarlo.

Helena Arellano Mayz
Caracas, 3 de julio del 2013

[i] Charles Pépin, Quand la Beauté nous sauve, Éditions Robert Laffont, Paris, 2013