Publicado en El Nacional, Papel Literario, 14 de agosto de 2016

LA INSPIRACIÓN ESTÁ EN TODAS PARTES

«La inspiración está en todas partes», leí con bastante dificultad del programa —en alemán— de Archipel, el conjunto de cuatro piezas de danza del coreógrafo Jirí Kylián, presentadas por el ballet del Aalto Theater de Essen. «Si uno es un ser humano abierto y sensible, encontrará inspiración en cualquier esquina de la vida», añade. Aunque en estos últimos meses, las aristas de mi vida parezcan una sucesión de recovecos en blanco, a veces detenida en un rincón, busco moverme afuera y me propongo cuatro horas en tren para llegar a la danza, hasta los movimientos del coreógrafo que me tiene cautivada. Algunos me acusan de ser testaruda (prefiero el adjetivo de tesonera) por acercarme —aún si con mucha lentitud— a aquellos creadores que me atraen. En este caso, un coreógrafo checo.

Wings of Wax se titulaba la primera danza. Ocho bailarines representaron en hermosos movimientos distintos estados de ánimo al compás de música de Heinrich Ignaz Franz Biber, John Cage, Philip Glass y Johann Sebastian Bach. Vestidos de negro fluyeron con precisión, delicadeza y gracia alrededor de un árbol colgado al revés en el centro del escenario. Un faro giraba en torno a ellos iluminando los cuerpos y las ramas creando así una juego de sombras en el piso del escenario. Dice Kylián que la mayor inspiración para esta pieza surgió de un poema de W.H. Auden: Musée des Beaux Arts.

Acerca del dolor jamás se equivocaron
los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
su función en el mundo. Cómo llega
mientras alguno cena o abre la ventana
o nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
el milagroso Nacimiento, habrá siempre
niños sin mayor interés en lo que ocurre,
patinando en el estanque helado a la orilla del bosque.

 No olvidaron jamás
que el eterno martirio ha de seguir su curso,
irremediablemente, en sórdidos rincones
donde viven los perros su perra vida
y el caballo del verdugo se rasca
las inocentes grupas contra un árbol.

 Por ejemplo en el Ícaro de Brueghel:
con qué serenidad
todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
el rumor de las aguas y el grito inconsolable;
pero el fracaso no lo conmovió:
brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
al hundirse en las aguas verdes.
Y la elegante y delicada nave
debió haber visto lo asombroso:
la caída de un hombre que volaba.
Mas el barco tenía un destino
y siguió navegando en calma.

 Al buscar el poema en castellano, apareció la imagen del óleo de Pieter Brueghel «Paisaje con la caída de Ícaro» (c.1558), que a su vez fuera fuente de inspiración para el poema de Auden. En la imagen observamos que el evento que titula la obra ocurre en la periferia del lienzo. Apenas en el margen derecho se reconocen la piernas de un hombre sumergidas en el mar. La espectacular caída de la ambición humana está representada por el pintor —al borde— casi oculta para el espectador, y sobre todo desapercibida por todos los demás personajes del cuadro: un pastor desprevenido rodeado de ovejas y el campesino arando la tierra. La pintura podría, como sugiere el poema de Auden, describir la indiferencia humana ante el sufrimiento, al mostrar cómo al margen de una apacible escena campestre de eventos ordinarios de manera casi imperceptible sucede la muerte de Ícaro.

Por ejemplo en el Ícaro de Brueghel:
con qué serenidad
todo parece lejos del desastre.

 El pintor desplaza hacia el margen el evento titular de la obra, y el poeta nos llama a enfocar la mirada precisamente ahí, hacia lo dejado al margen. El poema fue escrito en 1938. ¿Qué hacen los artistas, los poetas, los críticos ante una catástrofe? ¿Cómo la registran en su trabajo?, o ¿es que acaso deberían hacerlo?, leí en un ensayo cuyo autor parte del análisis de este cuadro y este poema para escribir sobre los inicios de la abstracción en la pintura de los años 40. Tras una visita al Museo de Bellas Artes en Bruselas, la lectura que hizo Auden de esta pintura o, —como diría algún psicólogo—,  con la proyección en el lienzo de las inquietudes que rondaban su espíritu en esos días, el poeta transforma la visión de una obra flamenca renacentista del siglo XVI, y sugiere que ésta apunta con urgencia a la indiferencia ante un conflicto de violencia mundial.

Ahora me toca a mí, tras asistir a una danza, leer el poema y ver la imagen. Ambos me remiten a la Venezuela de hoy, donde «el labrador oyó seguramente/el rumor de las aguas y el grito inconsolable;/pero el fracaso no lo conmovió». Pienso en todos aquellos que rodean a la figura ambiciosa, al hombre que pretende volar por encima de la miseria de su pueblo; no puedo concebir que realmente sean sordos, bien deben oír «el rumor de las aguas», el clamor de las emociones, el grito inconsolable de tantos que lloran a sus muertos y sus enfermos, lloran impotentes, hastiados, desesperados «en sórdidos rincones donde viven los perros su perra vida». Me pregunto, ¿con qué serenidad todo lo que hacen estas sumisas ovejas sea pastar junto a un pastor desprevenido? y ¿todo les «parece lejos del desastre» mientras «el caballo del verdugo se rasca las inocentes grupas contra un árbol»?

 Si no somos capaces de aceptar el final de una situación, no seremos capaces de re-comenzar. Nietzsche creía como los griegos en el movimiento cíclico, en el eterno retorno. La consecuencia de pensar que todo regresa es que ello nos ayuda a eliminar de nuestra vivencia «lineal» —entre el nacimiento y la muerte— aquellas cosas que no queremos vivir por la «eternidad». Ayuda a depurarnos, y a asir aquello que valoramos. La búsqueda de los instantes que genuinamente queremos regresen a nuestra vida, a la postre mejora nuestra existencia.

Una decisión política no se sitúa en el «absoluto», sino según su lugar y momento en la duración de la historia. Tomar tal decisión es un delicado arte, y es preciso, saber inscribir una acción en el tiempo. Ello implica estar atentos a la situación con respecto a su principio y su final. Así pienso deberían estar atentos los que se llaman «chavistas». Si para ellos hubo un «principio», un Chávez, deberían saber ubicarse respecto a la situación actual antes de llegar a su «final»: escuchar el rumor de las aguas y el grito inconsolable. No obviar el previsible desastre: la caída de Ícaro. Si bien una crisis implica la posibilidad de ruptura, de un sismo, si ella trae consigo una fractura, también abre una ventana, la promesa de mutación a algo nuevo en la duración. Todo final no es sino un principio. Si no somos capaces de aceptar el final de lo conocido no seremos capaces de construir juntos el comienzo de algo nuevo.

Todos en lo personal tenemos «puntos ciegos», aquello que no vemos o no queremos ver de nosotros mismos, por la inercia de la comodidad, por cobardía ante el miedo, o por real falta de consciencia. De igual forma —más allá del siempre presente interés individual—  así sucede en las agrupaciones, gremios, asociaciones, sociedades, lleven siglas como OEA, acuñen en su nombre una ideología como «chavismo», designen al conjunto de una población como país, en ellas existen «puntos ciegos» que optan por no hacer el esfuerzo de ver. El llamado de las letras de Auden es quizá a no obviar lo crucial, y a la vez marginado, por temor a no confrontarlo… En sus ansias de volar a Ícaro se le funden las alas. Por más aleteo y piruetas hechas en el escenario, olvidó que éstas eran de cera tal como los huesos de todo hombre son de polvo. Mas el barco tenía un destino/y siguió navegando en [pretendida] calma, aún en medio de aguas muy, muy turbulentas. Sus pasajeros aferrados todos, a sobrevivir, algunos deplorablemente inflexibles y «testarudos», otros valientes, firmes y «tesoneros». ¿Por qué tanta incapacidad para cambiar juntos el rumbo, la ruta? ¿Para escuchar el rumor de las aguas y el grito inconsolable?

No soy una niña sin mayor interés en lo que ocurre,/patinando en el estanque helado a la orilla del bosque. Soy una mujer privilegiada que asiste a la presentación de una danza. Voy tras la pista de un hombre, un artista, cautivada por sus movimientos me sujeto a sus palabras: «la inspiración está en todas partes». Entonces escribo, resisto ante mis recovecos en blanco, porque de lejos escucho el rumor de las aguas y el grito inconsolable. Las hondas consecuencias del fracaso, de la caída de Ícaro, me conmueven.

Helena Arellano Mayz

París, 29 de junio del  2016

Última versión : 30 de junio del 2016 a las 22h22