«La historia comienza con un pueblo esclavizado en medio de la idolatría egipcia
 y termina con un pueblo redimido morando en la presencia de Dios».

La figura de Moisés lleva días instalada en mi espíritu. Mejor dicho, el pasaje del Éxodo que reza:

  • Y dijeron a Moisés: –¿Acaso no había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para morir en el desierto? ¿Por qué nos has         hecho esto de sacarnos de Egipto?
    ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto diciendo: “Déjanos solos, para que sirvamos a los egipcios”? ¡Mejor nos habría sido     servir a los egipcios que morir en el desierto!
    Y Moisés respondió al pueblo: –¡No Temáis! Estad firmes y veréis la Liberación que Jehovah hará a vuestro favor. A los                 egipcios que ahora veis, nunca más los volveréis a ver.
    Jehovah combatirá por vosotros, y vosotros os quedaréis en silencio.
    Entonces Jehovah dijo a Moisés: –¿Por qué clamas a Mí? Di a los hijos de Israel que se marchen.
    Y Tú, alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo para que los hijos de Israel pasen por en medio del mar, en           seco.

Confieso haber fabulado que aparezca un Moisés en el país. Uno, creíble entre sus pares, entre aquellos que alguna vez profesaron con fervor su misma fe, un mismo credo por una «mejor» Venezuela, un país más inclusivo, sin marginalidad. Una figura capaz de retirarse a meditar sobre el lema «patria, socialismo o muerte», mirar de frente lo andado, encarar al desnudo los hechos, los logros ahogados en un estrepitoso fracaso económico, las verdades fundacionales y la funcionalidad de las mentiras… Para luego volver con firmeza renovada, la vista puesta en un mañana. Con su mano extendida hacia la «Marea Roja», de un gesto confiado y decidido, dividir las aguas a fin de apuntar un camino a todo un pueblo, a todos los habitantes de un país devastado, convertido en un desierto. Una figura capaz de encauzar a los desencantados, llamándolos a redimirse ante el saqueo de sus riquezas y el robo de sus ilusiones, defenderlos, a ellos también, de la cruel represión por disentir, alejarlos de la esclavitud de la ideología, de la sumisión sin cuestionamiento, de un tormento interior inmerecido, de la miseria, de la opresión en el pecho por tener que callar a cambio de unas migajas de pan. Ayudarlos a recuperar su dignidad.

Al revisar los mensajes que aparecen a borbotones en el teléfono sobre la tragedia del país, caí en cuenta de mi propio sexismo: ¿por qué el llamado tiene que venir de un hombre? ¡Y si fuera una mujer y lleva las tablas de la ley en sus manos! En una tierra como la nuestra, una ruta de éxodo, hacia una posible salida de esta cruenta tragedia, bien podría surgir del pulso convencido de una mano aparentemente frágil, una que de pequeña quizás le dijeron: «aprende a coser, zurcir, remendar» y ella decidió aprender a «leer y escribir». Así, me distraje fantaseando. El país, Venezuela, ya en su nombre lleva estampa de mujer. Mucho más que «guapa», a la mujer que «guapea», que sortea todos los infortunios y desdichas sembradas en su camino. La mujer decidida, la guerrera, la que pone primero el pecho y pelea sin miedo contra «los vientos y las mareas» para alzarse a sí misma, plantarse sobre su eje, y lanzar a sus hijos hacia un mejor porvenir. Lo por-venir está en su anhelo. Es la pulsión que la habita, la templa, la afirma, con la que enjuaga las lágrimas de sus dolores, de sus tropiezos, de sus vacíos y sus lutos. En la noche oscura, ella es reflejo de luna, y es sonrisa de sol radiante, en cada nuevo amanecer.

Quizás, en un tiempo no muy lejano, alguno contará la historia: «Hubo una mujer. Ella con aplomo levantó su vara. Trazó una ruta donde cabíamos muchos. Y, la «Marea Roja» se abrió. Les tocó a aquellos que compartieron sus consignas, militaron en sus propias filas decidir si perecerían al lado de la «idolatría», entregarían sus baluartes e ideales como un festivo botín a extranjeros mercenarios o buscarían una segunda oportunidad para «reanudarse», «recuperarse» tras atravesar el desierto devastado. Ante la amenaza de errar sin un lugar en el mundo, se alzó la pregunta si serían capaces de compartir país, ciudades, con otros —iguales y diferentes—. Convivir en paz en un suelo re-sembrado, construir país civil —de ciudadanos—, dejar de habitar la Tierra de la Desgracia, de las oportunidades perdidas, la de un pueblo maltratado. La vara en alto, recordó cómo surge «la política» según el mito de Prometeo:

  • […] El hombre, una vez que participó de una porción divina, fue el único de los animales que, a causa de este parentesco        divino, primeramente reconoció a los dioses y comenzó a erigir altares e imágenes a los dioses. Luego, adquirió
  • rápidamente el arte de articular sonidos vocales y nombres, e inventó viviendas, vestidos, calzado, abrigos, alimentos de la      tierra. Equipados de este modo, los hombres vivían, al principio, dispersos y no en ciudades, siendo, así, aniquilados por    las fieras, al ser en todo más débiles que ellas. El arte que profesaban constituía un medio, adecuado para alimentarse,          pero insuficiente para la guerra contra las fieras, porque no poseían el arte de la política, del que el de la guerra es una            parte. Buscaban la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí      por no poseer el arte de la política, de modo que al dispersarse de nuevo, perecían. Entonces Zeus, temiendo que nuestra  especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los hombres el pudor y la justicia, a fin de que rigiesen en las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de        repartir la justicia y el pudor entre los hombres: «¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes?». Pues estas    fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la              materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el poder entre los hombres, o bien las  distribuyo entre todos? «Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas solo  unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquel que sea incapaz de participar del pudor y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.»

En lo personal, me inclino por otras artes y aventurarme en política no es mi tendencia. Tengo más bien propensión por los trazos sinuosos, las líneas de poética cadencia o el pensamiento abstracto, alguno dirá, nebuloso. Sobre todo, mi mejor amigo conoce mi gusto por el collage, por la imagen recompuesta. Él sabe que el todo es más grande que la suma de las partes. Habrá quien piense soy ingenua al hoy aplaudir la reciente decisión de la Fiscal General y no condenar su desenvolvimiento anterior, no entrever artimañas y peripecias de poder u oscuros móviles personales. Sí, puede que sólo trace contornos de nubes, fantasiosos deseos, frente a la realidad de un país sumido en la barbarie; sin embargo, opto por levantar la mirada hundida, y apuesto lejos, y alto.  Quizás, en el fondo, mi verdadero propósito al sentarme a escribir ha sido otro: digerir un libro que acabo de leer. Intentar tejer imaginarias coincidencias o puntos de encuentro con las ideas propuestas por el filósofo contemporáneo francés, François Jullien, en su obra más reciente: Una segunda vida.
[i] El autor abre así, el prólogo:

  • «Detrás de sus pensamientos, de hecho detrás de todo el resto, un personaje de novela moderna, si ya ha avanzado en la          vida, observa entrometerse esta pregunta de forma insidiosa, cuando abre la cortina de su ventana, cuando mira la casa de      al frente y la calle. Ella se cuela por entre sus fantasías matinales: ¿Por qué continuo viviendo? Esta pregunta, un día, lúcido,      ya no la puede evitar.»

La pregunta, dice Jullien, trivial y brutal como es, podemos apresurarnos en ocultarla, dormirla bajo las preocupaciones diarias. Pero ella ronda, se lleva consigo. El conocimiento, la moral y la creencia en la inmortalidad ya no se constituyen en fines que se consideran universales y de entrada legítimos. Puesto que la ciencia está cargada de dudas, la virtud se ha vuelto sospechosa hasta en sus orígenes, y la fe tiene dificultad en acreditar un «Más-Allá», hemos pasado a través de un vuelco silencioso, de la moral de la «prescripción»  —las reglas de la razón, los imperativos de la conducta o de dogma— a una ética de la «promoción». Nuestra pregunta se ha replegado en la capacidad del hombre en desplegar la vida en «existencia». Es de ahí de dónde emerge ese pensamiento matinal: ¿Me sabré desprender de mi vida anterior —de mi vida hundida en su mundo— para debutar un nuevo día? O, ¿He conseguido, al día de hoy, sacar provecho de mi vida pasada para, al volver sobre ella y al desplazarme, no seguir repitiendo mi vida, pero «retomarla»: para poder reformarla y comenzar por fin a «existir»?

Esta pregunta, considera Jullien, se puede mantener dentro del mercado actual del «desarrollo personal» y la felicidad, o encasillada en la árida «sabiduría» vecina de la resignación. Él elije afrontarla filosóficamente para buscar una salida más audaz, inventiva, que promueva una «segunda» vida.

¿Un segundo debut? No tenemos sino una vida. No podemos salir y entrar de ella. No hay entreacto, ni intermedio, ni pausa. No tenemos vida de repuesto. Esta «segunda» vida no puede ser sino esta vida misma. Desde el momento en que no hay otra, al mismo tiempo que ella se disocia lo suficiente, al prologarse, hay suerte para que un nuevo comienzo pueda esbozarse: que algo de nuestra vida pueda volver a jugarse. De tal forma que, dentro de su mismo desarrollo, nuestra vida pueda alumbrar una nueva vida que, al tomar distancia de la precedente, es decir al apartarse de la vida ordinaria, de su rutina, es una vida que puede al fin debutar. Es decir comienza a ser elegida a partir de aquello que ya se ha podido discernir. Esta segunda vida es una vida pro-movida donde comenzamos por fin a ex-istir.

Jullien se pregunta, ¿Pero, de hecho, hubo acaso un primer debut? Al entrar «en la vida», como se dice, éramos incapaces de elegir cómo vivir y conocimos tan poco de la experiencia de ese primer comienzo. O, si bien tuvimos que hacer entonces lo que se objetivaba en «elecciones» (tipo de vida, profesión, amor…), elegimos en gran parte a ciegas: no solamente porque no sabíamos lo que elegíamos, sino sobre todo porque no sabíamos que elegíamos.

Es pues sólo en un «segundo» tiempo que, algo que se aproxima a un debut puede dibujarse; que algo vecino a una elección puede emerger. Es solo por decantación de nuestra experiencia, y la distancia tomada de aquello que no cesa de implicar y de imponer, de frenar, que algo autorizándose más cercano a una iniciativa se puede despejar. Puesto que es solo en aquello que se desprende progresivamente como un segundo tiempo posible que, habiendo comenzado a percibir en filigrana aquello que era parte de la vida, es decir habiendo comenzado a discernir los posibles efectos negativos en esta vida ya en curso, uno puede volver sobre su vida y comprometerse más en ella, con ella. ¿La condición posible para un tan «fantasmal» principio, no comenzaría a surgir sino al final?, se pregunta. Puesto que, al momento del famoso comienzo de la vida, no teníamos la distancia, ni la consciencia para debutar. Pero, al comenzar a regresar sobre la vida pasada, nos aproximamos más a esa capacidad de iniciar.

El «nuevo» («primero») es utópico; pero el «segundo», al des-plazarse de ese principio que, como tal, nunca existió, puede introducirse como debajo de la mesa, como «inter-calado». O, es al retomar la vida —reprise— que, corrigiendo lo que pudo haber sido mal elegido, pero sobre todo poniendo a la mano, por el distanciamiento adquirido, el poder elegir aquello que no lo fue, uno puede comenzar a «situarse fuera» —ex-sitere, en latín— fuera de aquello que condicionaba y contenía la vida dentro de fronteras que no sabíamos siquiera que padecíamos. Entonces, podremos comenzar a extraernos de límites que creíamos fatalmente o por esencia impartidos y, en consecuencia comenzar a ex–istir.

Jullien habla de una «transformación silenciosa», una que se encamina sin miedo y de la que no se habla. Como es continua, no se desmarca lo suficiente para remarcarla. Sin embargo, esta transformación no cesa de ramificarse y de confrontarse, hasta que un día comienza a aflorar. Como un trazo de espuma, un resultado se impone ante nuestra atención. Por desplazamientos subterráneos, a espaldas nuestras, ella se ha tramado y una reorientación se inicia, de propensión muda, escapando de nuestra atención y por ende de nuestra voluntad. Cuando ella está lo suficientemente afirmada, interviene —a partir de todos esos pequeños desplazamientos emergiendo por corroboración a la conciencia— la resolución y la responsabilidad del sujeto. Entonces, una «reforma» de su vida puede comenzar.

El autor alude a verdades por despeje, no demostradas sino decantadas. Verdades que no se obtienen por golpe de inteligencia, pero recogen un lento proceso de conciencia. No son verdades decretadas sino segregadas. Exudadas. El advenimiento de una segunda vida procede por implicación de la primera, al mismo tiempo que se evidencia, se manifiesta, se desprende, una libertad. Una libertad no se actualiza, hasta que uno no se eleva poco a poco y se «mantiene fuera» de condiciones impartidas, a las dadas y a las sometidas, de códigos  aprendidos, creencias y convenciones. A ese «situarse fuera» Jullien lo llama: «ex-istir».

Una «segunda vida» es entonces una vida que procede de la vida anterior, en continuidad con ella, al mismo tiempo que ella vuelve sobre ésta tanto como de ella se ha desmarcado. «Segunda» no introduce una ruptura, en el curso de las cosas, según el filósofo, pero un pliegue. Éste se valoriza en aquello que, retomando de lo primero, sin prologarlo ni repetirlo, sino no se distinguiría, le confiera un futuro que éste antes no tenía: así un porvenir se despliega. El retomar —la reprise— encuentra sobre qué apoyarse para, al apartarse, re-crearse.

Podría continuar repasando, con dificultad y emoción, las páginas de este libro. Contrapone su concepto de «segunda vida», la capacidad de «ex-istencia», a la noción fija de «sabiduría y vejez». Que el cuerpo envejezca no implica, para el autor, vejez. Tampoco se trata de negar el debilitamiento en la vida, más bien, el sondear cómo existir, es precisamente confrontarlo y resistir ante la finitud a la que estamos sometidos. Más que a la «sabiduría» que se contenta en capitalizar a largo plazo la experiencia, sin otorgarse la iniciativa y un nuevo intento; Jullien elabora sobre la «lucidez». Según él, es capacidad que no se deja fragmentar ni se enseña. Aparece a partir de un devenir, se alcanza por proceso, y al despejar, la luz viene de sí misma, por inmanencia. La lucidez es resultante en «conjunto»: uno ha sido conducido por las experiencias atravesadas, al mismo tiempo que uno mismo contribuye al «darse cuenta». La lucidez decapante, desoxidante, es en sí misma una experiencia depurada: lo efectivo, es lo real al desnudo, desvestido. Se devela la verdad incómoda de la desnudez. Por ello, el autor se refiere a un mirar «a través». Para él, la lucidez no es un hallazgo, sino un des-cubrimiento. El proceso de decapado (de opiniones) no se obtiene sino por decantación (de experiencias).

¿Cómo regresar y restituir en positivo, la pérdida de ilusiones de dónde pueda emerger una segunda vida?, se pregunta. Es decir, como invertir una experiencia negativa, hacer de una retirada un acceso? Este desoxidar es un «despojo», una segunda vida despejada: así como la lucidez procede de la experiencia, este despejar procede de la lucidez. Desocupar no significa solamente liberarse de aquello que molesta, impide, aprieta, obstaculiza, hasta avergüenza, sino realzar, poner al relieve, aquello confusamente enredado y que no se develaba. El despejar no inventa, extrae de lo acumulado, de lo esfumado, no espera nada del exterior, sino desplegar los recursos contenidos, al retirar aquello que encerraba la vida, y sin que más nada desde ese momento la limite.

La transición no es pues dirigida pero osada, no es elegida sino asumida, es por tanto un resultante.

¿Y en todo esto dónde queda la mujer alzando su vara para abrir la «Marea Roja»?, se preguntará mi lector, acostumbrado a mis desvíos. Él ya sabe que soy lenta, fantasiosa y suelo llegar a algún final por «sucesivas aproximaciones». Entonces, dejo de lado el libro, para mi pesar, los capítulos finales del segundo amor y la relectura, para volver sobre mis pasos e intentar tejer una imaginaria coincidencia entre la inquietud, las imágenes y las líneas que hoy me habitan.

A pesar de que me tilden de ingenua, osaré apostar al «propósito de enmienda», me atreveré a preguntar: ¿Logrará la Fiscal convocar a los suyos a desmarcarse con firmeza? Llamarlos a decantar la experiencia de dieciocho años en el poder, a escrutar sus fundamentos, a despojarse de lo inservible, aflorar lo acallado, liberarse de la impuesta codicia extranjera, y hasta de la avaricia propia, re-pensarse como «fuerza política» —capaz de convivir en polis— retomar sus riendas, reformarse, reanudarse. Despellejarse la atrocidad de la sangre derramada, desnudarse, asumirse seres humanos, «único animal de parentesco divino al que le otorgaron pudor —vergüenza— y justicia; y, al re-vestirse de humanidad asumir: su finitud. Recordarles: «No tenemos sino una vida». Y, con su ejemplo invitarlos a actuar en consecuencia. Desafiar lo recorrido. Osar con coraje atravesar el desierto. Otorgarse a sí mismos el chance de cruzar el «Mar Rojo» y no contribuir más a hacer del país: un «mar de muertos».

Helena Arellano Mayz
10 de junio del 2017
[i] François Jullien, Une seconde vie,  Éditions Grasset & Fasquelle, Paris, 2017