Publicado en El Nacional, Papel Literario, 23 de julio de 2017

«Cualquier cosa que digamos sobre las características generales de
una ciudad, sobre su alma o su esencia, acaba convirtiéndose de
forma indirecta en una confesión sobre nuestra vida y,
especialmente, sobre nuestro estado espiritual.
La ciudad no tiene otro centro sino nosotros mismos.»
Orhan Pamuk

Caracas es como una alcachofa. Hay que deshojar la belleza en el verdor de sus árboles. Encontrar lo tierno en el corazón de lo vivido entre sus laderas. Evitar en la garganta el aruño del obsceno maltrato. Caracas, la cada vez más vulnerable por dentro y combustible por fuera.

Literalmente, comía una alcachofa mientras pensaba en cómo abordar escribir sobre el valle. Parto del detalle. De encararte, te prefiero en tu ciudad, en «el verde que te quiero ver». El mundo es grande, lo sé. Tendrías tanto qué mostrarme; y sé yo disfrutaría mucho el andar a tu lado; pero, primero vino, tu amada, Caracas, y después está todo ese mundo inmenso que estamos por descubrir en lo «infinitamente pequeño».

«Los lugares no son como las personas, de acuerdo, pero son parte de nosotros, el escenario de nuestras vidas y el consuelo del tiempo ido. He dicho muchas veces que el espacio es el depositario del tiempo, lo que finge retener un poco lo que nunca vuelve ni tropieza, según Quevedo», lo dijo Javier Marías en El País, de España. Tú, para mí, eres Caracas. El escenario que retiene lo que nunca «vuelve ni tropieza». La ciudad de mis afectos. Del dolor y del desgarro. De lo necesario cada vez más urgente, y lo posible cada vez más lejano. ¿Acaso, «el lugar y uno», no termina siendo el espacio que se crea «entre dos». Como en el amor: todo se centra en el espacio que nos une y nos separa, el espacio para compartir con goce lo común y caminar con paciencia las diferencias. No olvido aquel joven en la plaza de Los Palos Grandes, en medio del «zafarrancho», leía su libro recogido como un ovillo. Se escuchaban gritos. Reinaba el desorden. Cerraban las rejas y los comercios. Él, impávido, disfrutaba del espacio compartido entre su convulsa ciudad y el goce de su lectura. Lo observé, con envidia.

A Caracas, aplasta verla convertida en un campo de batalla. En vez de sentir las cosquillas de su brisa, soplan ráfagas de odio. El cuenco convertido en olla, un hervidero de pasiones dónde se revuelcan las furias desatadas. Sus niños «de la calle» han tomado «las calles» para defenderla. Liberarla. Yo, cobarde, huyo de la violencia. Alguien me preguntó sobre un libro de un filósofo francés titulado La Joie. Lo comencé, respondí, pero se me quedó en Caracas, la alegría… de ver los chaguaramos panzones y despelucados moviendo sus hojas al viento.

Una amiga, venezolanavivía en Francia desde hacía más de quince años. «Con los años en vez de sentir arraigo siento cada vez más nostalgia», me dijo. «Es que uno debe reconocer cuál es la geografía de su alma, cuales son los paisajes que la habitan»,  le repliqué. «¿Para qué vuelves a Caracas?», me preguntó otro, «ese país no tiene nada que ofrecerte». Mi amiga tiene mucho que ofrecer, ella, a su país. Volvió decidida a activarse políticamente. Quizá se decepcione, quizá encuentre el paraíso, perdido. Cierto es que el «deseo» por alguien, por algo, ese motor que «afecta» no aparece todos los días. De pronto, ella se sube a un peñero de ilusiones y se queda sin gasolina, varada en un país devastado, o se le funde el motor y tiene que retornar a París en remo. ¿Quién sabe?, pero, el entusiasmo de hoy, le pertenece. Ella volvió para recorrer los accidentados parajes de su alma, transitar la topografía de un valle quebrado, saqueado, donde clama la agonía, dictan las pautas la sordidez, los improperios, los insultos, las mentiras, las barbaridades, las vejaciones, las humillaciones, las palabras sin sustento, devaluadas, pisoteadas. Ella, convencida, regresó a fin de encontrar tierra fértil donde florecer. Caracas es fértil.

Mientras otras ciudades presentan proyectos ingeniosos para rescatar franjas de tierra, áreas para resembrar naturaleza y posibilidad de esparcimiento dentro y fuera de la periferia, a Caracas se le considera una ciudad «verde». Gracias a la nobleza de su montaña, aguantadora e inamovible, coronada por las nubes, bañada por la generosidad inagotable de su clima y bendita por la benevolencia persistente de sus vientos. Somos, los ciudadanos, los llamados a sembrar el terreno con «mejor calidad de vida». Plantar árboles de paz. O seremos los responsables de ver desaparecer la posibilidad. El lugar lo reclama y el tiempo lo exige. Se agota. La naturaleza se renueva, pero acusa cansancio y fatiga. Es hora de irrigar al valle de ideas y acciones por parte del hombre que hagan de Caracas una ciudad —realmente— fértil. Basta de oportunidades perdidas.

Caracas es el lugar donde Jacques Lacan en 1980 pronunció: «la lengua solo es eficaz al pasar al escrito». La frase la escuché en boca de un autor, psicoanalista, filósofo, en la presentación de su libro a la que asistí por el título en el afiche de la vitrina de una librería: La langue de l’amour. Me senté entre desconocidos y al escuchar el nombre de Caracas, apareciste como un fantasma, sorpresivo, asomado. Doy risa. Coincidirás es una frase digna de un escritor caraqueño que describe una ciudad sin lengua. Quizá por eso, tantos otros escritores, habitan el Fervor por Caracas. La quieren proteger, al pasar al escrito. Conservar su memoria. Me has enseñado a quererla más. Cierro los párpados ante la decadencia y la veo a través de tus letras, en la madurez de mis días. El amor no se extinguirá en una casta indiferencia mientras tenga deseos de soñarla acompañada por una urbanidad, tejida, que honre su naturaleza. Buscaré adentro, con ternura, el corazón de la alcachofa.

En las relaciones frágiles y desvencijadas de la vida cotidiana, no todos los habitantes de la ciudad exaltan el lenguaje, más bien, lo maltratan tanto como a la urbe. Hoy la mayoría entona con vehemencia un canto de LIBERTAD. Los habitantes libres, del valle, son fuente de jocosa inspiración. En cada día que despierta, los pájaros amanecen exaltados, alebrestados. Silban en diversas tonalidades, se preguntan, se responden, danzan de un lado a otro, entre las ramas de los chaguaramos, los mangos, los jabillos y todas las hojas verdes que circundan las cuadras a mi alrededor, las que alcanza a ver mi vista desde un enorme ventanal. Son un espectáculo —de vuelo— en libertad. Ellos no obedecen a un reglamento militar. No profesan devoción a ideologías ni dogmas; sólo persiguen el dictamen de su singularidad. Baten sus alas hasta cumplir expansivos su ciclo vital. Son muestra de algarabía colorida en un escenario de naturaleza indómita. La alegría que merecemos, sobre todo los acallados ruiseñores, los jóvenes, la sangre derramada por el albor de futuro.

Caracas son sus recuerdos. Sus reminiscencias al desplazarnos. Fui a almorzar, con mi amiga caraqueña en un lugar con el mismo jaleo, la misma comida, el mismo ambiente de los buenos años de Sabana Grande. Observé retratada a la  Caracas que yo conocí más joven, inclusive en las presumidas parejas comiendo en restaurantes de moda en el barrio de Salamanca. Sí, Caracas fue la altiva del continente, como una sevillana de velo y peineta. Y, entre tanta vanidad moderna fuimos marginando a aquellos que son parte de la historia. Protagonistas oprimidos de este capítulo agobiante que vivimos, con «sangre, sudor y lágrimas»: una segunda guerra de independencia. El mal se arraiga en la porosidad del suelo propicio. Lo hubo. Lo hay. Debemos arrancar la mala hierba, remover la tierra, abonarla, re-plantearla con ánimo de integración. De encontrar una función «trascendente», un justo medio. Una visión transversal de ciudad.

Hoy llevo una camisa roja. Rojo bermellón. Tendré que cambiarla por una negra, más tarde. Voy a una misa de muerto. En tu Caracas, las misas de muerto son parte del «quehacer» de un mundo privilegiado. Hoy lloramos todos. Juntos. Lloramos tantas muertes crueles, injustas e injustificadas, por falta de medicinas, por hambre, por hampa. Por pura maldad. Avaricia de poder. Venceremos el atropello con la fuerza natural del valle tropical. Caracas vigorosa, ella no se deja doblegar. Retoña por doquier.

Las noches en Caracas hace tiempo dejaron de brillar, titilan sólo las estrellas. Son hoy más solitarias, sobre todo, más encarceladas. Solamente juntos encontraremos la llave para salir de la celda a caminar hacia un «país posible», de legítimas oportunidades. En nuestra Caracas, verde, paralizada, replegada por las noches, muerta en vida, parece «no pasar nada» y «pasa de todo». Lo siento en la pesadez en el alma, lo veo en la aflicción del cuerpo de tantos, escucho el desespero en el verbo o el grito ahogado en el silencio del pecho. Dos vertientes de un cuenco común. El espacio es depositario del tiempo, sólo que es silencioso y no cuenta nada. ¿O sí?, hablan los escombros y las ruinas. Yo, un ser de verbo, escribo: hubo Caracas en 1567, hay Caracas en 2017 como una alcachofa áspera y tierna en el corazón; habrá Caracas… … pues «la ciudad no tiene otro centro sino nosotros mismos».

Helena Arellano Mayz
30 de junio del 2017