¿Siente una gota de lluvia vértigo al caer?

Comienzo a escribir con pesada dificultad después de la noticia de otra muerte por tortura. Otra que sale a la luz, pues ¿cuántos no habrán silenciado o menguan en una agonía silente? A oscuras, encerrados en las tinieblas de sus miedos. Los privados de su capacidad de actuar; y los paralizados, aterrados, sin asumir su libertad.

Venceré mis propios temores. No me dejaré abatir, le escribí al mejor de mis amigos. Además, él lo puso muy bien en palabras: «el vértigo nos hará aceptar que todo comienza y termina en cada uno de nosotros. Esa es nuestra fortaleza y fuente de creación, posible antídoto contra el resentimiento y el íntimo espectáculo que no podemos eludir. Así, cada uno de nosotros será causa de lo que está por venir y no la consecuencia de lo que ha sido».

Me sujetaré a sus frases para abordar comentar acerca de una conferencia a la que asistí hace una semana, bajo la pregunta: ¿Por qué tenemos hoy día más necesidad de poesía que ayer? Poesía en el sentido amplio, poesía como la manera de vivir de un ser sensible, en su forma de aproximarse a la extrañeza de las cosas. A soportar las preguntas sin tener respuesta. Al misterio.

Si recordamos la figura del primero de los poetas, a Orfeo, lo encontramos en la nave de Argos. Con la fuerza de un verbo musical fue capaz de disipar otro canto, el perturbador de las sirenas. Él las calla, evita la tentación de abandonar la meta que éstas representan para sus compañeros Argonautas. Las sirenas simbolizan todas esas palabras que nos acosan, nos asedian, nos agobian, y no nos hablan. Nada nos dicen. Cuando precisamente, es la «poesía» la que nos permite escuchar las palabras en su verdad, reencontrar su sentido, su direccionalidad, lo que significa «hablar», escuchar palabras que nos «hablen».

Estamos hartos de las palabras que nada nos dicen. Las palabras de comunicadores, de los políticos, los expertos, comentarios sobre los comentarios, palabras devaluadas, pisoteadas, vaciadas de la fuerza del «verbo». Despojadas del timbre de su musicalidad, su ritmo, su polifonía, su polisemia. Cuando, por el contrario, encontramos palabras que resuenan, éstas nos devuelven al poder de revelación subyacente en el verbo. Levantan el velo de la repetición hueca, de los hábitos, las muletillas, las injurias, y sobre todo, las mentiras. Nos recuerdan que «hablar» quiere decir más que «comunicar» o traducir argumentos o ideas. El lenguaje, en la poesía, surge como un temblor por el que se asoma una verdad.

Al leer o escuchar un poema o una canción no se trata de comprender. No todo se explica ni su sentido es traducido en palabras; sin embargo, a veces, «algo» nos atraviesa al escuchar. Mallarmé, en La tumba de Edgar Allan Poe, dice: «Donner un sens plus pur aux mots de la tribu», al habla de la tribu dar un más puro sentido. La tribu necesita palabras para adaptarse, para localizarse, para sujetarse a su identidad, reconocerse. Sin embargo, la repetición automática de las palabras las despoja de su pureza, de su sentido. Basta asomarnos a palabras como «pueblo, patria, honor» repetidas hasta el cansancio en la Venezuela de hoy, desprovistas de verdad, desposeídas, como si les hubiese sido confiscada su alma, deambulan perdidas del sendero al que apuntan.

Necesitamos poesía para recordarnos que no somos aparatos trasmisores de mensajes. Aún más en estos tiempos de inmediatez, de más Facebook, Instagram, de la mera representación. Existe más necesidad de retornar a la presencia. De abrir los ojos a la extrañeza del mundo. De contemplar. De intentar hacer de aquello que nos angustia una travesía de asombro y entrega, como Orfeo con su canto al atravesar el infierno por amor.

Encontré estas frases de Gloria Serrano transcritas en uno de mis cuadernos:«Camino cuando nuestra sociedad, reflejada en las noticas que publican los medios, me parece un sinsentido; es decir, con frecuencia. Cuando no tengo una línea que escribir o, por el contrario cuando es tanto mi asombro y las emociones contenidas que enmudezco. […] Ahora sé que, en el fondo, en este deambular subyace un rastreo activo y perseverante de la poesía. Caminando entiendo mejor que «la poesía» no nace del trabajo de nuestra vida, de la normalidad de nuestras ocupaciones, sino de los instantes en que alzamos la cabeza y descubrimos con estupor la vida. Caminando se aprehende —con H grande— que todo está vivo. No, no camino por la calle, sino por la vida en la calle. Me entreno en el oficio de vivir por, con, para y desde ese estupor. Todos lo hacemos sin darnos cuenta».

La exigencia poética busca luz así sea en lo más oscuro y sucio del barro humano. En griego la palabra «poesía» (ποίηση) deriva de «hacer» (ποιω). Se entendía como un oficio. Un hacer, como el panadero hace con la harina el pan. Un quehacer diario. No se trata de algo banal, de un hablar a partir de formas preconcebidas, en slogans de publicidad, con palabrería para no decir nada. En la rutina, en lo útil, dejamos de ver poesía en el vivir. Como si un caraqueño, ante la dura aridez de la cotidianidad en su maltratada ciudad, se cegara a la belleza de la montaña, de la naturaleza, de los pájaros que surcan los cielos del valle. La poesía nos recuerda que somos libres. Palabras que, a pesar de no ser claras al entendimiento, resuenan diáfanas, y algo en ellas nos libera de los cercos que nos encierran. La libertad se siente posible… al «habitar poéticamente el mundo».

«Habitar poéticamente el mundo» es una sugerencia del alemán Friedrich Hölderlin. La afirmó hace doscientos años en uno de sus poemas: «poéticamente habita el hombre la tierra». Podríamos pensar este verso caducó hace muchos años y se sitúa a las antípodas de la realidad de un país de torturados desangrándose en una larga agonía. Pero, ¿acaso no sería una manera de resistir? : mirar las nubes danzar. Así fuera apenas un fugaz instante de feliz belleza, como el observar la sonrisa de un niño. Habitar poéticamente el mundo sería un intento, más que de devolverle, un recordarle el alma al cuerpo. Recordar lo que somos: seres de luz. Contrarrestar la maldad, sin disposición de evadir, ni de embellecer, ni de idealizar, sino de experimentar lo real con lucidez como un reflejo simbólico, buscando en la delicia de lo inútil, de la lentitud, de la lectura de un trozo de filosofía, una poesía, palabras que nos atraviesen que modifiquen nuestra forma de mirar, produzcan así sea brevemente un cambio en nuestro punto de vista. Apunten hacia otro horizonte, más amplio.

Hallar palabras que «nos hablen», más allá de razonar-las, que resuenen. La poesía roza el advenimiento del sentido como aquello que no se deja asir, se escapa a lo previsto, se cuela, nos sorprende, un atisbo de verdad que surge para acercarnos a lo que somos… Sucede así al contemplar las hojas de un chaguaramo mecerse con el viento, o con la música o la literatura, al escuchar o leer, a veces sonidos o palabras de «otro» que nos impactan, nos conmueven, nos remueven. Un «otro» abre una ventana hacia «nosotros mismos». Como si atravesara nuestros poros. Nos tocara con sus letras. Nos hiciera, en ese instante, más «presentes» ante sus palabras. Nos timbrara con su voz, despertándonos.

Confieso me ha costado llegar hasta aquí. Al escribir he dudado, me he tildado a mí misma de ilusa. Quizás sea esa mi naturaleza. La crueldad puesta a la luz en estos últimos días, hela el corazón y enciende la sangre. Mas, yo no conozco otra manera de oponerme al espesor de la maldad que cubre nuestro país, el asfixiante hollín negro que aplasta el alma, más allá del respirar muy profundo, escribirle a un amigo, regar mis matas, tomar un libro entre mis manos o cortar los tallos de unas flores y colocarlas en un jarrón, «habitar poéticamente» mi espacio, para no llorar. La herida profunda supura infecta de pus. La costra oscura, rugosa, muerta, no acaba de caer. Nos remite a un dolor persistente en el cuerpo que apenas se amaina con gestos minúsculos, destellos de una «sustancia inasible», la del amor, la poesía, la naturaleza, la belleza… todo aquello que hace resonar el bajo continuo del existir del hombre en la tierra. Vibrar el diapasón.

Te celebro cuando dices: «Todo comienza y termina en cada uno de nosotros. Esa es nuestra fortaleza y fuente de creación…» Y, te contesto: «En estos tiempos de cólera hace bien abrazar».

2 vii 2019