«Escribirte me da paz, me centra. Alegría me da el leerte.» Con esta afirmación evoco un recuerdo de una noche invernal. Gracias a la tecnología, al teléfono, había comenzado a leer su texto, caminando, mientras sentía el frío en mis rodillas. Llevaba puesta una falda de cuero azul. Caminé varías cuadras, muy sonreída. Se trataba de un texto divertido sobre unos peces en una pecera junto al divino Marqués de Sade en un estante de libros escolares. Esa noche le agradecí al autor el hacerme sonreír. «Dormiré contenta», le escribí. No recuerdo el día, ni la fecha, mas sí el lugar, el espacio preciso, la esquina exacta a un costado de la Place Saint Sulpice por la que caminaba esa noche fría en la que, de pronto, sentí una inmensa alegría. Durante un instante ínfimo, un momento nimio, común, un simple transitar por una acera, unas letras lejanas sobre una pantallita de teléfono, la voz de otro invadió mi ser en un estallido de alegría que hoy, años más tarde, no olvido.

Retorno a aquel instante para intentar abordar un breve y denso ensayo de un filósofo francés, Clément Rosset, titulado: La Force Majeur.[i] Comienza así: «Uno de los signos más garantizados de la alegría es, para usar un calificativo de resonancias molestas bajo bastantes consideraciones, su carácter totalitario. El régimen de la alegría es aquel del todo o nada: no hay sino alegría total o nula. […]. El hombre alegre se alegra ciertamente de esto o aquello en particular; pero al interrogarlo descubrimos rápidamente que se alegra también de tal otra o tal cosa… […] Hay en la alegría un mecanismo aprobatorio que tiende a desbordarse del objeto particular que la ha suscitado para afectar indiferentemente todo objeto y dar lugar a una afirmación del carácter dichoso de la existencia en general.»

Para una mujer con acentuada inclinación al oleaje romántico, a la melancolía, no es tarea sencilla, intentar asir con el intelecto la noción de la «alegría» expuesta en ensayos filosóficos. Además, una venezolana, consciente del dolor profundo que atraviesa a su país descompuesto, desmoronándose, día tras día. Habiéndose, la avaricia de poder de unos pocos, devorado la alegría de muchos. La alegría tropical, la luz de su gente buena. Sin embargo, dicen el corazón reconoce razones que la mente desconoce, y habrá algún latido oculto que me empuja a continuar.

No existe ningún bien en el mundo que un examen «lúcido» no lo haga aparecer en definitiva como insignificante, al considerar su frágil constitución, su posición a la vez efímera y minúscula dentro del infinito del tiempo y espacio. Inclusive la vida que, indefectiblemente, trae su otra cara: la muerte. Un quiebre. Lo extraño es que la alegría permanece, en su potencial de surgir, de asalto irracional, aunque esté suspendida a nada y privada de todo asiento, base o cimiento. Más bien he ahí el privilegio extra-ordinario de la alegría, su aptitud a perseverar, aunque su causa se entienda como condenada, ignore la adversidad más manifiesta como las contradicciones más flagrantes. Esta insistencia de la alegría revela una desproporción, radical y característica, entre todo regocijo profundo y el objeto particular que lo ocasiona o es su pretexto. La alegría constituye una suerte de «añadidura», ya sea un efecto suplementario y desproporcionado a su causa propia que multiplica al infinito tal o cual satisfacción relativa a un motivo determinado.

En otro ensayo titulado, Epílogo de Lo real,[ii] Clément Rosset aborda la conciencia de muerte para preguntarse: «¿es posible vivir después de haber conocido lo que no había que conocer, es decir, una vez reducido yo y el mundo al estado de muertos vivientes?» No desea plantear la cuestión de saber si la vida tiene sentido, si vale la pena ser vivida o cualquier otra cuestión por el estilo. Se pregunta si la vida es posible en consciencia, con toda sinceridad y conocimiento de causa.

«[…] Subsiste la paradoja: que la elección se incline hacia el to be antes que hacia el not to be, por parte incluso de quien ha tomado conciencia de la insignificancia del to be, de su carácter irrisorio. Paradoja ilustrada por los personajes de Samuel Beckett, atrapados en los hielos de la muerte sin llegar a morir por ello. Se observa fácilmente, en Beckett, la reducción de todo ser vivo al estado de parálisis, al estado de muerte en interminable espera, sin darse cuenta siempre de que al final la ventaja le corresponde, no a la muerte, sino a la vida: lo más sorprendente no es que los hombres sean unos seres vivos ya atrapados en la muerte, unos vivientes-muertos, sino más bien unos muertos-vivientes.»

Una vez establecido por Rosset el cerco de lo perecedero y finito, pasa a considerar la noción de «gracia» como noción que permite dar cuenta de la paradoja de la perpetuación de la vida, de la voluntad de vivir. Aborda los distintos sentidos del término: la gracia en el sentido jurídico: la gracia penal, el perdón de la pena. La gracia en el sentido mágico: el levantamiento del maleficio, tema de innumerables cuentos. La gracia en el sentido estético: el encanto que cura por el solo poder de su capacidad seductora. La gracia en el sentido teológico: una asistencia extraordinaria de Dios descrita por la teología cristiana y, antes de ella, por la filosofía platónica. Apunta a que la noción común a cada una de estas gracias aparece primero en su sentido etimológico: en la idea de regalo, de gratitud. Algo que se nos da por añadidura. La gracia como regalo-sorpresa. «La definición paradójica de la gracia consiste, en suma, en borrar la pena a la vez que mantiene íntegramente su materialidad; no consiste, por tanto, en suprimirla, sino en hacer como si no existiese, en experimentar la pena como si no fuese nada.» El autor invoca a la «gracia» como una posible clave de la paradoja que supone vivir de manera consciente (consciente de la muerte). Sin embargo, continúa Rosset, «parece que esta noción puede ser suplantada por una razón inferior, aunque más creíble de entrada. No es que la noción de gracia carezca por completo de fuerza o de verosimilitud; al contrario, es más creíble que las demás razones, incluidas las filosóficas, con las cuales se pretendería explicar el apego a la vida».

«Hay, sin embargo, un pensamiento que puede sustituir sin daño, y con beneficio, a la noción de gracia, que cumple una función similar sin tener que dar pruebas de una fidelidad sospechosa hacia una intervención exterior y milagrosa. O, más bien, un sentimiento que resume toda la fuerza de la gracia sin que por ello haya que preguntar por un incierta instancia sobrenatural. Este sentimiento, de experiencia ordinaria, pero no menos misteriosa que la que los teólogos entienden por la gracia, lo llamaremos alegría.»

Aquí cabe subrayar la distinción entre alegría, dicha, júbilo que no es felicidad, ni placer, ni satisfacción. La alegría: surge, brota, aparece, salta, se alza, se eleva… en francés, su aparición se expresa en un verbo muy bello: jaillir. Le jaillissement de la joie. La alegría constituye una emoción, ilógica e irracional, no un estado de ánimo descrito como felicidad.

«Entendemos por alegría», escribe Rosset, «sólo y estrictamente, el amor a lo real: es decir, ni el amor a la vida, ni el amor a una persona, ni el amor a sí mismo, ni el amor a Dios, suponiendo que existiera —amores todos ellos que el amor a lo real implica pero a los que no se limita y, sobre todo, que no lo condicionan de ningún modo—. Con relación al amor a lo real, semejante afectos son circunstanciales, esto es, su ausencia no podría en ningún caso cuestionarlo. Si la vida desfallece en su propio cuerpo, si en el horizonte ya no hay ninguna persona amada, si Dios no existe, como tampoco, fundado sobre él, un principio de razón suficiente llamado a dar cuenta de toda realidad, eso a la alegría, si hay alegría, le tiene sin cuidado. Como dice Pascal o, si se quiere, el hombre de la gracia: «Tengo mis nieblas y mi buen tiempo dentro de mí; el éxito y hasta el fracaso de mis asuntos tienen poco que hacer ahí». Así también la Alegría de la que habla Spinoza, amor sin complemento de objeto, a diferencia del amor propiamente dicho, que es en lo que radica «la Alegría acompañada por la idea de una causa exterior», dependiendo éste por tanto de la alegría, y no viceversa.»

Describe este filósofo a la alegría como irracional, un sentimiento más o menos secreto, puesto que uno mismo no está en condiciones de representarlo. Surge, aparece, se experimenta en «lo real», en la vida, ante un otro (el amor según Spinoza: la «Alegría acompañada por la idea de una causa exterior»). Es un misterio, algo cuya existencia se conoce, pero también ante la cual uno se queda miope porque ella misma permanece hermética, difícil de traducir y divulgar. «[…] ese misterio es, sin duda, la naturaleza de su propia alegría, la forma que tiene —diferente quizá de cualquier otra, esto es, idiota— de prenderse de la realidad […]» La alegría constituye, para Clément Rosset, la fuerza por excelencia, en cuanto precisamente al dispensar ánimo, es fuerza mayor ante la cual toda idea de «esperanza» parece irrisoria, sustitutiva, equivalente a un sucedáneo, a un remedio. La alegría es, para él, una fuerza capaz de reconciliarnos con nuestra insignificancia y finitud, pero también una vía segura de acceso a lo real.

Quizás en estos tiempos contemporáneos se ha perdido la alegría del «hacer» (faire, fare, Homo faber). Del hacer: con las manos. De pronto, por ello, en tiempos de insatisfacción laboral en mentes brillantes, hay un retorno al oficio, a la cocina, a las labores manuales, a lo artesanal, pues el hombre ha perdido la «dicha del hacer con sus manos», de «mejorar su quehacer». El oficio manual nos remite a estar en contacto con el mundo de «lo real», aquello que se nos resiste, la materia que resiste.

Hoy, cuando me dispuse a un «quehacer» más intelectual que manual: evocar una ráfaga de alegría y escribir a partir de ese recuerdo, recibí un hermoso video de una canta-autora venezolana ahora viviendo en Perú. Su canción Me Fui ha sido objeto de interpretaciones por diversos y reconocidos artistas latinoamericanos. Escuchar a Reymar Perdomo cantar hace llorar a cualquier venezolano:

«Obligaba a mis ojos a no ver la realidad/creando excusas para no escuchar/yo me escudaba no reaccionaba/pero tarde o temprano me tenía que marchar./ Y mi madre me ayudó al vacío me lanzó/ Me dijo: mi negrita es con buena intención/Pues soy tu madre y quiero verte volar alto/y no lo harás si te tengo entre mis brazos./Y yo decía: ¿cómo carajo se hace esto? /dejar mi casa, mi familia y mis afectos/dejar mi tierra y mis amigos/¿por qué no todos se vienen conmigo?/Y yo lloré, grité y pataleé/ pero la vida me lo hizo entender/ Y agarré mi guitarra y mi equipaje… y me fui/ me fui/con mi cabeza llena de dudas/pero me fui/Y aquí estoy creyendo en mí/Acordándome de todo aquello que un día fui…»

Al escucharla, con mis ojos aguados, pensé: ella recuerda todo aquello que un día fue, una niña, una joven alegre en un país de luz tropical, tan radiante y feliz como las carcajadas al viento. Quiero ver en ese video, en la canción que escuché, la alegría de aquellos que aceptan —no significa resignarse— «lo real», en la existencia trágica a la que se refiere Rosset, y aún consintiendo a su dura resistencia, encuentran en el «corazón tierno» aquello que sí pueden cambiar y transformar… la rudísima vivencia de emigrar en un canto que le recuerda lo que fue y le insiste en su alegría de estar viva.

Esta joven tomó su guitarra, entre sus manos, y con su voz le insufló alegría a su dolor.

Por ello es tan sabia la pregunta: ¿Hay/Hubo alegría? Me atrevo a especular, que más allá de sus miedos, de sus dudas, para esta cantante venezolana, en el hacer música, persiste la alegría.

Existe algo misterioso en sentirse atravesado, asaltado de improviso, por un regocijo inesperado o una ráfaga de alborozo. Cada quien transita su propio enigma de vida. El mío, durante un solitario deambular una noche de invierno, se encendió luminoso al leer sobre unos peces. Hasta vi dentro de la pecera las hojas de un chaguaramo mecerse —como una caricia caraqueña— agitando el agua de emoción.

Helena Arellano Mayz . Paris, 2 ix 2019

[i] La Force Majeur, Clément Rosset, Les Éditions de Minuit, 1983

[ii] Epílogo de Lo real, Clément Rosset, traducción Rafael del Hierro Oliva, El Idiota, Pre-Textos, 2019