Publicado en el Papel Literario, El Nacional, 12 julio 2026
“En el mercado negro podía intercambiar cualquier cosa por un espejo. Tenía la necesidad de verme.”, escribió Jorge Semprun desde Buchenwald.
Hace ya algunos años, tuve la oportunidad de ver una exposición sobre la obra de una artista letona residenciada en Francia, Esther Shalev-Gerz. Una de las piezas se titulaba: Memorial de Buchenwald y de Mittelbau-Dora, dos campos de concentración. La sala presentaba testimonios escritos y videos de los objetos cotidianos hallados en los campos, objetos que los prisioneros construían para su uso. Un prisionero francés describe una situación en que uno de los presos logra escabullir un pequeño fragmento de espejo, hecho de una superficie de aluminio reflectiva. Un espejo no era un objeto común que daba vuelta en los campos. Todo lo contrario, no había ninguno. Sin embargo, existía en los prisioneros una gran necesidad de verse. Cuenta que todos los domingos los presos se reunían en las barracas para usar este espejo. Doscientos hombres utilizaban este pequeño fragmento reflectivo, lo pasaban de mano en mano, para que cada uno pudiera mirarse a sí mismo. En la mayoría de los casos la visión conducía a que no quisieran volver a ver, porque no podían conectarse con la imagen que descubrían de sí. Se sentían consternados al darse cuenta de que todos lucían parecidos con sus cabezas rapadas y sus magros rasgos faciales.
«Espejo»: «cosa que da imagen de algo», dice el DRAE.
He aprendido qué, según Lacan, el «estadio del espejo» surge cuando el niño es capaz de percibir la imagen de su cuerpo completo en un espejo. Ahora bien, el niño es un «animal humano» que voltea para confirmar la duda ante lo que percibe. Busca —en la mirada de «otro»— afirmación ante la imagen reflejada que le devuelve la superficie refractaria. El reconocimiento de la propia imagen especular ocurre con ayuda de y en relación a otro semejante. Desde ese instante, dicen aparece la necesidad y la importancia para el ser humano de la mirada de otro.
Cabe entonces preguntarse: ¿podemos escapar de la mirada de los demás?
La mirada del otro nos es indispensable, aunque a veces quisiéramos disponer de ella, evitarla. Estar solos… en una esquina apartada donde el alma no se disfrace para los demás. Dónde poder ser, sin aparentar. Porque la sociedad constituye un espacio en el que, por lo general, representamos, así sea de manera inconsciente, un papel, una persona. Incluso la elección en el vestido conlleva parte de ese «disfraz», la manera que elegimos mostrarnos en el ruedo. En la mirada de los otros puede haber algo depredador que nos haga sentir su presa. Parecer es comparecer ante los demás. Es someterse a la mirada, por tanto, al dictamen de esa mirada. La mirada del otro puede llegar a ser demasiado dura, hasta herir, objetivar el cuerpo, cosificarlo. Marchitarlo. Vivimos en sociedad y ella no es el lugar dónde necesariamente late el alma de nuestra vida. Un vagabundo conoce una historia tanto más densa que un cuerpo harapiento que observamos arrimado en el margen de la calle.
Ahora bien, una cosa es la soledad provisoria y elegida, y otra, la duradera e impuesta. El tímido —de timor (miedo o espanto)— puede optar por retraerse ante el temor al rechazo o a someterse al escrutinio de la mirada de los demás. Incluso, como Rousseau, uno puede intentar convertirse en un promeneur solitaire, un paseante solitario, para sentirse plenamente sí mismo, junto a la naturaleza, como si la mirada de la alteridad le fuese alienante. Sin embargo, llega un momento en que esa «plenitud» solitaria no satisface. La soledad como refugio pasa a sentirse como la miseria del abandono.
Entonces, recordamos la novela del naufragio de Robinson Crusoe o la película El náufrago con Tom Hanks. Encontramos a un hombre que necesita de un loro, de un perro, de una pelota, de un «otro» para re-humanizarse. Lavarse, taparse por pudor, llevar la cuenta de las horas, sobre todo hablar, discutir con su perro o la pelota Wilson para no perder su humanidad. Porque el monologo interior es, según Aristóteles, lo que singulariza al ser humano. Si un hombre se cansa de correr, entonces nada, o camina…mas, hablar es la actividad de la que se cansa, de último. De pensar consigo mismo. El monologo interior no es sino el resultado de los diálogos que tuvimos y la preparación de los diálogos a los que aspiramos. El discurso es siempre la continuación y la preparación del dialogo.
En sociedad, esperamos de los demás: atención en una «justa medida», que ésta se sitúe entre no ser punzante indiscreción ni lacerante indiferencia. El indiscreto hiere, viola la intimidad, con una mirada que no se frena con respeto, avanza sin empatía, o porque ve al otro como si viese un objeto. Es incapaz de detenerse ante un sonrojo. Puede que entonces quisiéramos poseer el don de la invisibilidad, borrarnos del espacio. Sin embargo, la indiferencia de los demás también resulta violenta porque no reconoce nuestra presencia o nuestra ausencia. Hay miradas que pueden hacer fundir la dignidad como el sol a la nieve. La Bestia, trajeado de príncipe, quien evita que la Bella observe aquellos rasgos de su bestialidad, los que no puede ocultar. También, la fría ausencia, de un gesto, de una mirada, puede golpear como un puño al esternón. La mirada de otro puede rozarnos con el alivio de un bálsamo o el ardor de una quemadura.
Ahora bien, el otro nos mira, también nos refleja, nos hace de espejo, y es superficie para que uno se vea. A veces resulta que lo que Juan dice de Pablo, dice más de Juan que de Pablo. Lo dicho habla del observador más que del observado. En el juego de espejos, la superficie produce reflejos en ambos sentidos.
Incluso, el espejo de otro puede comenzar a develar nuestro «sí mismo» cuando somos re-conocidos —por ese otro. Si nos remontamos a la Odisea, Odiseo, al ser depositado en la costa de Ítaca por los feacios, no reconoce el lugar tras su larguísima travesía. Él mismo, no será sí mismo, Odiseo, hasta que no sea reconocido. Comienza Atenea por dotarlo de —χαρη— el regocijo y la belleza— de los dioses que derivó, con el latín, en la «gracia» de Dios. Desde esas orillas, el final de la Odisea resulta una suerte de «reconocimientos». De nuevo, gracias a Atenea, el hijo, Telémaco, comienza por reconocer al padre. Argos, el perro, reconoce a su amo quien lo crió, por «la nariz», lo «siente», lo olfatea, lo intuye. Luego, la nodriza lo reconoce por la cicatriz al lavarle los pies. Más adelante, viene la prueba del arco… la masacre de los pretendientes; y por último Penélope, a quien Odiseo le miente, como él sabía hacerlo dando la apariencia de verdad, y con verdad, al decirle que ha visto a Odiseo en Creta y que éste pronto estará de regreso, mientras la observa llorar aún estando frente a ella. Y, es ella quien, al decirle a la nodriza que acomode la cama para el forastero, hace que Odiseo salte —se devele— con la frase: «Oh mujer, ¿has bien dicho esa palabra que me tortura? ¿Quién ha desplazado mi lecho?» Solo ambos sabían que la cama estaba «plantada» (empedon) con la raíz de un olivo alrededor del cual, Odiseo había escarbado la cama, construido la habitación y toda la casa.
Aquello que singulariza al ser humano es: saber que pudo no haber sido, no haber nacido y saberse mortal. El hombre es un animal consciente de su contingencia y su mortalidad. Por momentos en el caminar de su sendero puede llegar a oscilar entre el regocijo de ser y el peso de existir, en su vivir. Si la vida es un regalo, ¿soy acaso digno de ser? Entonces, sentimos la necesitad de legitimarnos con una mirada. Comienza siendo la de una madre y/o un padre que, deja impronta desde tan atrás como aquella ya olvidada vez, «frente al espejo», del niño. Más adelante, llega la adolescencia y retorna la necesidad de ser vistos por los otros, aceptados por los pares; aún sin calzar del todo en el grupo. Resulta entonces una gracia, una «ben-dición» en el camino, encontrar a un otro que, con amor, sin condiciones, en unas pocas palabras, nos diga: «es bueno que seas, tal cual como eres» pues pudiste no haber sido y algún día no serás. Hay palabras de otros que destruyen, y hay palabras que sanan. Basta, a veces, una sola.
El otro es necesario para comenzar a construir el imaginario de nuestra propia imagen y para develar, de a poco, el meollo interior. La luz invisible requiere rebotar contra un prisma, así sea una simple gota de agua, para expresarse, desplegarse en toda la amplitud de su vibración de color. La última epidemia parecía decir o mostrar lo contrario, que no había lugar para la confusión: «El otro no soy yo. Yo no soy el otro», cada quien separado con su máscara. Y, sin embargo, aún resuena tras más de dos mil años el «amarás al prójimo como a ti mismo» de la Biblia. Y, en Oriente dicen que el yogui ha de penetrar para apartar de sí, como la serpiente se deshace de su piel, todo el teatro de la fenomenalidad: formas, nombres, relaciones… dejando que sólo permanezca en su contemplación aquello que brilla a través de todas las cosas como una conciencia indiferenciada. Esa luz que nos re-une necesita —en este plano— materia, energía lenta hecha cuerpos —de polvo.
Si lo pensamos el «animal humano» depende de otro, tanto al nacer como en la vejez. El hombre necesita: comer, beber, dormir, la sexualidad para reproducirse, que alguien se ocupe de él… pero también le hace bien ocuparse de otro, de lo otro, le deviene necesario. Ocuparse del mundo a su alrededor.
No dudo de que seamos trozos de espejo, rotos, refractarios los unos para los otros; tal como en aquel campo de concentración: un espejo fuese —sea— de extrema valía para verse. Pues, éste otro abre la posibilidad para comenzar a atisbar el Ser, el alma, más allá de los contornos de una imagen reflejada. Encontré entre mis notas, otra posibilidad. «No reflejar — no especular—, sino reflexionar», dice Josep Maria Esquirol. «No pretender hacer de espejo, sino de peregrino atento. Caminar despacio, sin ignorar los obstáculos, las dificultades y las luchas que de ninguna manera pueden ni deben evitarse. Caminar prestando atención a los márgenes, al color de la tierra y a la forma de los árboles, pero, sobre todo, a las solicitudes de los compañeros de viaje.»[i]
Los compañeros de viaje necesitamos de vez en cuando ser escuchados, ser vistos, lo más desnudos, vulnerables, que nos conozcamos, sin disfraz, sin parecer ni comparecer. Sin representación. Creo que al final, ese peregrino atento… aunque no pretenda «hacer de espejo» será nuestro mejor compañero, pues su presencia es elemento constituyente del espacio —entre dos—. Crea y despierta la potencialidad del vínculo genuino. Lo escribió Martin Buber, en el Yo y Tú. Sólo en el diálogo se revela la existencia teniendo «un otro lado». Por más sofocado, por más balbuceado que sea el diálogo, este lleva la doble señal de lo dado y lo recibido, como un preludio, la doble tonalidad de la inspiración y la expiración de las almas. Con-tacto, la suave curvatura de la franqueza. «El pensamiento más sublime queda sin substancia si no es comunicado», dice el filósofo. «Ir hacia aquellos que amamos, es siempre ir al más allá», escribe, Christian Bobin.
Y, ¿si el horizonte no se encontrara más allá, —más lejos— sino más adentro? En la oscuridad del pozo de las pupilas de otro que me hace de espejo.
La belleza es aquel «asombro» ante el cual siento el deseo de que fuésemos dos para ver, para escuchar, para sentir. Para compartir. El mundo es un mejor lugar gracias a una mirada —benevolente— de otro. Gracias a ti.
[i] Josep Maria Esquirol, Humano, más humano: Una antropología de la herida infinita.
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