Publicado en el Papel Literario, El Nacional, 12 de abril 2026

We have so little of each other, now. So far
from tribe and fire. Only these brief moments of exchange.
What if they are the true dwelling of the holy, these
fleeting temples we make together when we say, “Here,
have my seat,” “Go ahead — you first,” “I like your hat.”  

Small Kindnesses /Danusha Laméris

Hace unos días me encontré con la hermana de una excompañera de colegio. Al verme, me abordó para saludarme. «¿Cómo estás?», le pregunté. «Me siento inútil», contestó con un rostro apesadumbrado. «No digas eso», repliqué, «tú, con sonreírle a los demás das alegría». Y, la hice sonreír.

Ella no estudió conmigo; sin embargo, desde siempre ha estado presente en lo que yo recuerdo como mi paisaje colegial, en las reuniones o en los encuentros, acompañaba a su hermana, mi compañera de salón. M. es algo diferente a las demás. Por decir, menos ágil que yo para los idiomas o para el escribir. Mas no por ello, menos necesitada de un otro con quien hablar. Ella suele buscar acercarse a saludar; así como yo, admito que mi mejor amigo es imaginario, a veces le hablo sola. Si de ella pueden pensar que tiene alguna deficiencia, pues que sepan que yo también tengo mis cojeras.

Una sonrisa puede parecer poca cosa. Y, a la vez, en el gesto desinteresado, el de una pequeña bondad, yace el meollo de ser humanos.

A través de ese sonreír, compartido, he vuelto a pensar en una conferencia que escuché hace ya algún tiempo bajo el título: ¿Qué es aquello que nos re-liga? Precisando que no se trata del caldo común que nos liga, nos une, tal un pasado compartido, sino en aquello que nos re-liga, aquello con lo que podemos volver a tejer, anudar, lazos que nos re-unan.

«Los niños vienen de un Infinito. Al nacer, el mundo les impone un «universo finito» que les proporciona cuadros de referencias. Sin embargo, no debemos dejar de respetar sus partes que vienen del Infinito», le escuché a Éric Fiat, el filósofo conferencista. En cada hombre existe un fondo íntimo extranjero que nosotros no elegimos. Pues, nadie nos pregunta si queremos: nacer, ser, cuándo, dónde, las circunstancia que nos tocan, la familia, la lengua, la cultura, el color de piel, el género, la creencia, en fin, todo aquello que constituyen los parámetros de referencia que se imponen al nacer.  La pregunta que surge es: ¿Existe algo alienante al estar «ligados» a aquello que no hemos elegido?

En la capacidad de decir no a lo «no elegido» se ejerce la libertad de decir . El es libre si podemos decir no. Una alianza implica independencia, si no se trata de una adhesión. Al mismo tiempo es imposible negarlo todo. Ser un negativista absoluto. Dejar la sociedad por ser eremita. Ese hombre eremita en algún momento siente hambre, sueño, sed, siente el llamado de su naturaleza humana. Se debe, entonces, convertir en asceta. Sin embargo, al quedar reducido a sus pensamientos se da cuenta de que él tampoco eligió su lengua, el idioma en el que piensa. Debe optar por ser silencioso.  Y cuando se pregunta: ¿estoy al origen de mi ser? Entonces, si para él Dios no existe, vislumbra un acto de libertad suprema: el suicidio. ¿Pero qué es la libertad de un cadáver? Hay que «ser» para ser libre.

El negativista nos enseña que efectivamente no nos podemos «desligar» de aquello que no elegimos…pero siempre queda la libertad a nuestras «lealtades», a las determinaciones que no elegimos, aquello con lo que sí decidimos quedarnos de todo lo que llegó por azar. «El amor es un azar al que el corazón dijo: sí».

Desde la Ilustración se nos llama a la «emancipación» de los vínculos, los lazos que se suponen cadenas, aquello que no le permite al hombre ser sí mismo. Emancipación viene de: «Levantar la mano que toma». Esto remite a cuando, en los mercados romanos, era suficiente que un hombre libre le pusiera la mano a un esclavo para que fuese considerado suyo. Por otra parte, necesitamos que otros nos tiendan la mano para ayudarnos a ser.  El yo despierta por la gracia del tú.

Cuando meditamos si estamos ¿ligados a lo local vs lo universal? Fiat mencionó que Kant en Ideas para una historia universal en clave cosmopolita consideró la polis del cosmos, una república de orden «humana». Siendo la humanidad una, debería de haber un solo Estado. Sin embargo, el filósofo alemán observó que el sentimiento de pertenencia local es importante para el hombre. Llega a pensar que, si se abolieran todas las fronteras, el ser humano se sentiría «perdido en lo ilimitado». Por lo que concluye que el vínculo necesario para el hombre a su lugar de nacimiento, familia, y demás, no debería permitirle olvidar su vínculo a la humanidad entera.

Al abordar el «amor» que nos religa a un lugar, nación, patria, surge la diferencia entre patriotismo y nacionalismo. El amor a lo «de uno» y odio «a lo otro». El conferencista acentuó que para hablar de amor es útil usar el griego, a pesar de que los franceses se tilden tan conocedores, cuando se refieren a la materia amorosa. Ellos, así como en castellano, solo tienen un verbo: amar. Mientras que en griego se hace la distinción de los diferentes sentimientos: eros, philia, agape.

El eros, en el deseo, jerarquiza, discrimina y llama a un vínculo exclusivo. La philia también discrimina, requiere constatar la «amabilidad» moral del otro, la reciprocidad, para que haya amistad. Queda como único sentimiento que puede acercase a lo universal: el agape, caritas, el amor al prójimo de la cristiandad. El agape llama a amar aun cuando el otro me disgusta, y no es amable. Es un sentimiento en el que se sale de la dialéctica prosaica del «dar por recibir» para entrar en la esfera «poética del don». En la poesis, que significa Creación, se pasa de la lógica de la equivalencia y nos acercamos a sobreabundancia del dar.

Así llegó al meollo, a lo sencillo que nos re-liga, las pequeñas bondades.  Noción que Fiat dijo extraer de Vida y Destino de Vassili Grossman.  Dar lo pequeño es aquello que nos puede re-ligar a otros. Más allá de la noción de Bien, «es la bondad particular de un individuo hacia, otro, es una bondad sin testigos, pequeña, sin ideología. Podríamos denominarla bondad sin sentido. La bondad de los hombres al margen del bien religioso y social. Pero si nos detenemos a pensarlo, nos damos cuenta de que esa bondad sin sentido, particular, casual, es eterna».[i]

Pasados casi dos años de haber escuchado esta conferencia, busco como «sostener intelectualmente» mis palabras a M. : «No eres inútil al sonreirle a los demás». Fue un llamado a encontrar en el gesto sencillo : un puente hacia ese otro que ella y todos necesitamos.

Leo en las palabras de Vassili Grossman: «El bien no está en la naturaleza, tampoco en los sermones de los maestros religiosos ni de los profetas, no está en las doctrinas de los grandes sociólogos y líderes populares, no está en la ética de los filósofos.
Son las personas corrientes las que llevan en sus corazones el amor por todo cuanto vive; aman y cuidan de la vida de modo natural y espontáneo. Al final del día prefieren el calor del hogar a encender hogueras en las plazas.
Así, además de ese bien grande y amenazador, existe también la bondad cotidiana de los hombres. Es la bondad de una viejecita que lleva un mendrugo de pan a un prisionero, la bondad del soldado que da de beber de su cantimplora al enemigo herido, la bondad de los jóvenes que se apiadan de los ancianos, la bondad del campesino que oculta en el pajar a un viejo judío. Es la bondad del guardia de una prisión que, poniendo en peligro su propia libertad, entrega las cartas de prisioneros y reclusos, con cuyas ideas no congenia, a sus madres y mujeres. […] Esa bondad, esa absurda bondad, es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alto que puede alcanzar su alma. Esta bondad es muda y sin sentido. Es instintiva; ciega. […] Es fuerte mientras es muda, inconsciente y sin sentido, mientras vive en la oscuridad viva del corazón humano, mientras no se convierte en instrumento y mercancía en manos de predicadores, mientras que su oro bruto no se acuña en moneda de santidad. Es sencilla como la vida. […] Pero, perdida la fe en el bien, comencé a dudar también de la bondad. Me da pena su impotencia. ¿Para qué sirve entonces? No es contagiosa. Me pareció que era tan bella e impotente como el rocío. ¡La bondad es fuerte mientras es impotente! Si el hombre trata de transformarla en fuerza, languidece, se desvanece, se pierde, desaparece. Ahora veo la auténtica fuerza del mal. Los cielos están vados. El hombre está solo en la Tierra.
¿Cómo sofocar, pues, el mal? ¿Con gotas de rocío vivo, con bondad humana?
No, esa llama no puede apagarse ni con el agua de todos los mares y las nubes, no puede apagarse con un pobre puñado de rocío recogido desde los tiempos evangélicos hasta nuestro presente de hierro…
Así, habiendo perdido la esperanza de encontrar el bien en Dios, en la naturaleza, comencé a perder la fe en la bondad.
Pero cuanto más se abren ante mí las tinieblas del fascismo, más claro veo que lo humano es indestructible y que continúa viviendo en el hombre, incluso al borde de la fosa sangrienta, incluso en la puerta de las cámaras de gas.
Yo he templado mi fe en el infierno. Mi fe ha emergido de las llamas de los hornos crematorios, ha traspasado el hormigón de las cámaras de gas.
He visto que no es el hombre quien es impotente en la lucha contra el mal.
En la impotencia de la bondad, en la bondad sin sentido, está el secreto de su inmortalidad. Nunca podrá ser vencida.
Cuanto más estúpida, más absurda, más impotente pueda parecer, más grande es. ¡El mal es impotente ante ella! Los profetas, los maestros religiosos, los reformadores, los líderes, los guías son impotentes ante ella. El amor ciego y mudo es el sentido del hombre.
La historia del hombre no es la batalla del bien que intenta superar al mal. La historia del hombre es la batalla del gran mal que trata de aplastar la semilla de la humanidad.
Pero si ni siquiera ahora lo humano ha sido aniquilado en el hombre, entonces el mal nunca vencerá.»[ii]

Yo he retornado en estos días a un país desvencijado, desgarrado, descompuesto, donde aún prevalece la maldad contra aquel que disciente. En mi quehacer, también, muchas veces, me siento «inútil». Hago libros de artista que no aportan mucho en la «reconstrucción» de un país. Opto, entonces, por regresar al teclado prendada de la noción de las pequeñas bondades, de la bondad sin testigos, sin sentido, sin propósito de interés, esos gestos cotidianos, anodinos, como una sonrisa o un agradecer mirando a otro a los ojos. Agradecer a ese otro tan lejano a mí, en su historia y circunstancias, me ayuda a no olvidar mi humanidad. Recordar lo «eterno» que yace en la semilla de la pequeña bondad. La verdadera morada de lo sagrado, el fugaz templo que hacemos juntos durante un encuentro furtivo, con una simple palabra de aliento, un gesto, una sonrisa. He allí aquello que nos re-liga, a los hombres, ayer, hoy y siempre.

[i] Vida y Destino, Vasili Grossman, Galaxia Gutenberg

[ii] Arteletrasumartinblogspot.com, Vasili Grossman